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El
informe PISA y la educación en España
Y es que, más allá del reduccionismo de un debate demasiado ceñido a la pugna partidista entre LOCE y LOGSE, entre el PP y el PSOE, poco sacaremos en claro si no consideramos los efectos sinérgicos que ha producido la confluencia de una serie de transformaciones que han tenido como escenario el último cuarto de siglo en España y donde frente a los progresos económicos o politicos se han venido consolidando atmósferas socioculturales nada favorables a los procesos de enseñanza-aprendizaje de nuestras generaciones más jóvenes. Hay, sin embargo, un precedente más remoto que encontró a este país en las peores condiciones para hacer frente a las nuevas demandas y exigencias que la universalización de la educación planteaba para los estudiantes que se incorporan masivamente a las aulas de la EGB y del Bachillerato a partir de la Ley de Educación de 1970: Nos estamos refiriendo a la primera oleada de medios audiovisuales, con la televisión a la cabeza, que se generaliza por nuestro país en esas fechas cuando los hábitos de lectura y escritura hablamos de una forma de expresión y comunicación, elemental e imprescindible, para cualquier aprendizaje en la sociedad española estaban bajos mínimos y sin el contrapeso de una red de bibliotecas públicas o unas realidades tiradas de periódicos, publicaciones de libros, bibliotecas privadas... que neutralizasen la aparición de las generaciones de neoanalfabetos que, a pesar de los largos recorridos académicos, han venido a enquistarse entre la población. Esta marginación de la lectura y la escritura siempre como procesos reflexivos y reativos, personales e intransferibles, lejos del memorismo o la copia mecánica ha sufrido un nuevo embate con la segunda oleada de las nuevas tecnologías donde a la proyección masiva y la sofisticación extrema de los medios audiovisuales ³tradicionales² se añaden los lenguajes digitales de la telefonía móvil e INTERNET en la última década sin haberse desarrollado los antídotos para su uso inteligente, minimizar sus riesgos en la incompatibilidad con los métodos de estudio más eficaces, y potenciar sus positivas aportaciones a cualquier tipo de aprendizaje. Toda esta serie de cambios tecnológicos que bordean o interfieren abiertamente a cualquier sistema educativo ha venido acompañada de transformaciones sociológicas y cambios de conducta que han afectado tanto a las familias como a los entornos cotidianos de socialización de los jóvenes, incluida la concepción del ocio y el tiempo libre, que no han hecho sino agravar la situación: la conversión de los centros de Primaria, ESO, F.P. y Bachillerato en guarderías paralela al progresivo desentendimiento de las familias en la educación de sus hijos como lo prueba su escasísima presencia en las elecciones a Consejos Escolares, en las asociaciones específicas, o en el desinterés, más allá de alguna preocupación individual, por el funcionamiento, contenidos y métodos de la enseñanza que se imparte en los centros y por sus posibilidades de colaboración o ayuda, individual y colectiva, para mejorar las condiciones de aprendizaje de los alumnos o de sus propios hijos; las dificultades en establecer los pasos necesarios entre información, conocimiento y sabiduría para no añadir más confusión a la avalancha de datos o a la pura y simple especialización sin proporcionarles sentido y valores al futuro de sus vidas o aclararles los objetivos últimos de la educación; los estímulos permanentes al consumo incesante de objetos, artilugios, escenarios y si son virtuales, mejor, mensajes, chats..., en medio de una continua algarabía que deja fuera de cualquier consideración pedagógica saber escuchar o asumir el silencio como actos trascendentales para el aprendizaje o las relaciones con los demás y consigo mismos; la renuncia a convertir el ocio en algo más que pasar el tiempo o distraer el aburrimiento con emociones fuertes o a la es interminable de la felicidad automática..., no son, desde luego, las circunstancias más propicias para aprender a razonar, adquirir hábitos de estudio y autodisciplina, elevar los niveles de resistencia a la frustracióno el displacer, pensar por sí mismos, y valorar el esfuerzo individual y no los resultados venidos del cielo o de la estricta permanencia en el aula. Sin olvidar, por supuesto, las responsabilidades específicas del propio sistema educativo: desde los problemas de formación del profesorado la inicial de carácter pedagógico o la actualización científico-didáctica, huérfanas de rigor y especialización, su reparto arbitrario entre los distintos niveles, sus limitadas posibilidades de promoción o su misma valoración social, hasta el excesivo número de asignaturas y contenidosconfirmado por los problemas básicos que se detectan en el informe PISA, los rígidos itinerarios, por muchas adaptaciones y diversificaciones curriculares que se hagan, en los últimos años de la ESO dentro del empeño en conectar con un mercado de trabajo que debería perfilarse ya con una mayor flexibilización y alcance de los programas de Garantía Social o los de Iniciación Profesional, la ausencia de financiaciones extraordinarias para garantizar los desdobles, la atención personalizada, la disminución del número de alumnos por aula..., la racionalización en la oferta de optativas, las repeticiones de curso o los exámenes de septiembre para evitar los efectos perversos de la ley del mínimo esfuerzo con abandonos calculados y selectivos, prolongados paréntesis en recuperaciones y vacaciones, o formación de grupos ingobernables, la devaluación del Bachillerato o la FP, sin la calidad, la duración y las ofertas adecuadas.., siguen siendo retos pendientes de resolver.
Porque lo cierto es que si cada vez se lee menos, se escribe peor, se
piensa sólo de cuando en cuando, y la expresión oral se hace
particularmente deficiente ¿a que extrañarnos de los resultados? |