En la disciplina escolar:

El Ministerio sembró viento y ahora los profesores recogen las tempestades

 

Julián Martín Martínez. Presidente de ANCABA

 

 

Ya ni siquiera consiste en poner el dedo en la llaga de la indisciplina. Ni siquiera es válido  atender a los síntomas de la violencia con medidas como la del “observatorio de la violencia” o los “planes de convivencia”, acuñaciones preciosas dignas de laboratorio pedagógico. No. Es imprescindible buscar las causas. Los profesores las conocen bien, las han ido señalando con detalle. No hacen falta gabinetes, ni comisiones de especialistas que no están en las aulas. Los profesores saben que a muchos alumnos se les puede aplicar lo del mayo del 68: “les llenaron el estómago pero no les enseñaron a conducirse”.

 Los profesores perciben efectivamente que sus alumnos llegan a clase con el estómago lleno pero con la cabeza vacía de principios, sin saber  adónde dirigirse, y con el escaso bagaje de unos  prejuicios utilitarios como visión del mundo y como norma de conducta. Les han alimentado bien y les han rodeado de elementos materiales pero no les han enseñado a conducirse en la vida.

Si la sociedad está desarmada moralmente; si la familia está carente de principios sólidos para desarrollarse en lo espiritual y en lo material equilibradamente como célula de la sociedad (léase y entiéndase una parte de la sociedad y de las familias), alguien tendrá que eliminar ese vacío y llenarlas de valores, de ideales, de miras altas, de comportamientos sanos, de actuaciones en derecho, rectas, de relaciones amigables y dialécticas para conseguir objetivos comunes y nobles (bien común). Los institutos no pueden convertirse en hospital de almas adolescentes y jóvenes, ni en sociedades sustitutivas de los  padres, ni en consultorios psicológicos, ni en clínicas psiquiátricas.

Cuando la escala de valores se esfuma, la axiología queda sustituida por la ley de la selva, la ley de la espontaneidad, por la ley del compadreo ¿no colega?

La escuela es el frontón de todas las virtudes y de todas  las lacras sociales. Pero la escuela será una institución ingobernable y estéril si no está dotada a su vez de principios sólidos que la rijan y de normas claras que dirijan su funcionamiento y la actuación de sus miembros. La mayor responsabilidad del Ministerio es dotar  de esas reglas propias al centro escolar. Aun así la falta de conciencia en la sociedad de que los centros necesitan esa reglas para ser eficaces acaba restando toda importancia a la enseñanza y al centro. Esta promoción también tiene que hacerla el Ministerio.

Siendo así la triste realidad conviene enumerar y analizar las causas que impiden que las escuelas y los institutos cumplan su tarea de ayudar de formarse a todo hijo de vecino.

 

Algunas de las causas de esta situación violenta (vergonzante)

 

Con la LOGSE comenzó a inocularse el virus que está produciendo estas dolencias y enfermedades continuadas en el sistema

Antes de la llegada de la LOGSE se quiso dar idea del cambio escolar desautorizando y persiguiendo a los profesores de EGB que proponían actividades académicas a los alumnos  para que las realizaran en casa. Los padres se vieron liberados de esa molesta responsabilidad. Se difundió la idea de que el alumno tenía que socializarse y aprender en la calle, que el profesor debía  adecuarse al alumno y tener en cuenta su extracción social para no violentarlo...

Cuando llegó la LOGSE se comenzó dando voz y voto a los alumnos ya desde EGB para aprobar la programación académica y los Reglamentos de Régimen interior en paridad con los profesores y con los padres. Carta de naturaleza igualitaria  a niños, adolescentes, padres y profesores -acción inter pares-.

Con la LOGSE lo lúdico y lo rusoniano fueron puestos como santo y seña de toda actividad de aprendizaje, pretiriendo la enseñanza y el trabajo, con la consiguiente rebaja de contenidos y de niveles

Se siguió con el desprestigio de la autoridad académica del profesor al privar a éste de que ejerciera controles de calidad.

Se siguió ninguneando al profesorado para el cual la exigencia menor era  la de la productividad académica (suya y de los alumnos) y la exigencia mayor era la de mantener recogidos en la clase a los matriculados y cuidarlos.

 

En los principios educativos

 

Se vació la escuela de valores como la educación ciudadana, el  comportamiento social, el saber estar, las normas de conducta, las mínimas reglas de urbanidad. Se pedía comprensión al profesor.  La caída de valores en la escuela era coincidente con el vaciado social. Había que llevar la calle a la escuela.

No se incluyó una asignatura de Educación, de educación a secas,  (llamada de urbanidad en otro tiempo), educación  en cuanto comportamiento social y educación como convivencia, educación como responsabilidad, como conjunto de normas ciudadanas, como respeto a la ley y a la autoridad, como ejercicio racional de la libertad, como ejercicio del derecho al trabajo y la obligación del estudio. Asignatura complementaria a la educación viva de los padres. Aparecieron, en cambio, en los centros las llamadas Educación física, la Educación plástica, Educación visual, cuando muchos niños llegaban sin educación o urbanidad alguna. (De aquí no se deduce que estemos de acuerdo con esa que viene llamada Educación para la ciudadanía, tan teorética)

Se trasvasó a la escuela determinada manera de entender la libertad y de practicar la democracia (libertad es hacer lo que a cada uno le dé gana) que muchos alumnos han aprendido en su casa (así se puede demostrar con testimonios escritos) y que miméticamente reproducen en el centro escolar. Permeabilidad, pues, entre escuela y sociedad para bien y para mal, aunque  el bien no resulta tan difusivo por sí mismo como decía el filósofo medieval y parece más ajustado a la realidad el aforismo de que una manzana mala puede pudrir un cesto.

La LOGSE ideó que llegaría al aula un ciudadano educado en su casa y dispuesto a aprender “más”. La ley -tenemos que creerlo así- daba por supuesto lo formal de la democracia: los principios mínimos de “educación”, esos que se conseguían sin ir a la escuela y llevaban a decir “tiene educación”, es decir, sabe escuchar, atiende, sigue los consejos (¡obedece!)...

Al mismo tiempo que ocurría lo anterior, no se difundió la idea de que el centro escolar tiene unas normas propias para su funcionamiento y su rendimiento (se hizo casi lo contrario: la clase es una continuación de la calle, un paraíso idílico para no traumatizar). El alumno no percibe o tarda en entender que en la escuela haya  una normativa clara y específica, diferente en determinados campos de la social o familiar.

La irrupción de algunos padres, para nada en actitud suplicante y rogatoria para mejorar a su hijos sino en actitud exigente, reivindicativa y con patente para dirigir la educación y la enseñanza en los centros, produjo la neutralización de la actividad conductora y asesora del profesor. La cooperación es necesaria cada vez más.

La desestructuración familiar, nadie se hace cargo de algunos matriculados, presenta nuevos problemas en los centros.

 

En lo académico o en la enseñanza de conocimientos

 

Se alentó el aprendizaje por descubrimiento: el niño bueno, con sabiduría innata sólo necesitaba que se le dejara suelto para que aprendiera por descubrimiento (sacara todo de dentro de sí mismo)... Pero para entonces estos niños  ya no quería saber porque habían aprendido en la calle, en casa y en la televisión que el estudio no era útil y en modo alguno querían trabajar en el colegio o Instituto.

Se pisoteó la dignidad profesional de los docentes cuando se les impuso la promoción automática del alumnado. Se llenó de gozo a los padres porque sus hijos ya no suspendían

Se desprestigió humillantemente la función docente cuando las Inspecciones empezaron a aprobar a alumnos que habían sido suspendidos por el profesor y por el Departamento correspondiente.

 

En lo disciplinar

 

Se vejó al profesorado cuando en caso de duda en caso de roce o conflicto la Administración daba, casi sistemáticamente,  la razón al padre o al niño frente al profesor.

Cuando se promulgó el Decreto de derechos y deberes de los alumnos (muchos de aquéllos y reducidos éstos)  se dejó al profesorado inerme, sin Estatuto alguno que lo amparara, y quedaron los Centros inoperantes si los padres iniciaban reclamaciones administrativas o judiciales. Los expedientes disciplinarios resultaron inútiles cuando los padres comenzaron a recurrir (tramitar recursos) a otras instancias demostrando que la normativa del sistema educativo era inútil.

 

 

A modo de conclusiones: Cultura del esfuerzo

 

La educación de los hijos corresponde primordialmente a  los padres. En la familia tiene que haber descubierto el niño que existen unas normas y pautas de comportamiento: reconocer la autoridad, actuar con respeto, ejercitarse en la solidaridad. Los padres tienen que transmitir valores, dar principios, insinuar pautas de convivencia con los próximos y con el prójimo.

La sociedad tiene que olvidarse de que  vino una ley que se arrogaba el derecho de educar e insinuaba que los centros del Estado realizarían esa misión liberando a los padres de esa tarea imprescindible. La LOGSE y la LOE difundieron esta especie. Muchos padres lo entendieron así, se sintieron aliviados de sus responsabilidades y se aprestaron a exigir y a responsabilizar a los centros de la marcha de sus hijos.

El Ministerio tiene que deshacer este entuerto, tiene que hacer olvidar la idea de que el Estado quiere suplantar o sustituir al padre y a la madre. (La asignatura de Educación para la ciudadanía no está enfocada para ayudar y colaborar con los padres en estos rudimentos de educación en los que fallan los alumnos; los epígrafes que contiene, que si son discutidos es por sus componentes políticos ideológicos, no solucionan las carencias elementales de formación de la personalidad que tienen los alumnos).

El Ministerio tiene que hacer publicidad de que a los centros se va a aprender a ser personas mediante el estudio, el trabajo, la superación, la cultura del esfuerzo. Tiene que desterrar definitivamente la idea y la praxis de que el centro escolar es un espacio de entretenimiento. “Trabajo y cultura” podría ser lema de los centros.

El Ministerio tiene que proporcionar una normativa clara de funcionamiento a los centros para que la resolución de conflictos se haga in situ y para que pueda ser desarrollada su actividad docente con normalidad.

El Ministerio no ha querido mediante la LOE dotar a los centros de una plantilla de cuidadores, trabajadores sociales, vigilantes de pasillos, de patios de recreo y de otros espacios que decida el centro –como ocurre en Portugal o en Francia-. Estos trabajadores son necesarios para que profesorado pueda desarrollar su función y para garantizar el derecho de los alumnos a la enseñanza. Se hacen imprescindibles porque la problemática de convivencia viene de fuera de la escuela, de comportamientos sociales que se concretan en conflictos de orden público y de seguridad ciudadana. No se puede echar en la espalda de los profesores estas responsabilidades.

En definitiva, los especialistas en la destrucción al alcance de la mano derribaron aquella enseñanza de calidad de los Institutos. Con la violencia escolar, con la criminalización de los profesores, con la judicialización de la conductas de padres profesores y alumnos, la enseñanza pública de calidad ha recibido el golpe definitivo. Estamos tocando fondo. Lo que diga la fiscalía no ataja el mal ni llega a su raíz. Hablar ahora de prevención es música celestial. Las causas son más profundas