En la disciplina: Primero los padres... y después los profesores
Julián Martín Martínez Presidente de la Asociación de Catedráticos de Instituto (ANCABA) (Publicado en MAGISTERIO del 10 de enero de 2007)
Es imprescindible buscar las causas de la indisciplina y de la violencia escolar. Los profesores las conocen bien, las han ido señalando con detalle. No hacen falta gabinetes, ni comisiones de especialistas que no están en las aulas. Los profesores saben que a muchos alumnos se les puede aplicar lo del mayo del 68: “les llenaron el estómago pero no les enseñaron a conducirse”. Ya ni siquiera consiste en poner el dedo en la llaga de la indisciplina. Ni siquiera es válido atender a los síntomas de la violencia con medidas como la del “observatorio de la violencia” o los “planes de convivencia”, acuñaciones preciosas dignas de laboratorio pedagógico. No. Es imprescindible buscar las causas. Los profesores las conocen bien, las han ido señalando con detalle. No hacen falta gabinetes, ni comisiones de especialistas que no están en las aulas. Los profesores saben que a muchos alumnos se les puede aplicar lo del mayo del 68: “les llenaron el estómago pero no les enseñaron a conducirse”. Los profesores perciben efectivamente que sus alumnos llegan a clase con el estómago lleno pero con la cabeza vacía de principios, sin saber adónde dirigirse, y con el escaso bagaje de unos prejuicios utilitarios como visión del mundo y como norma de conducta. Les han alimentado bien y les han rodeado de elementos materiales pero no les han enseñado a conducirse en la vida. Si la sociedad está desarmada moralmente; si la familia está carente de principios sólidos para desarrollarse equilibradamente en lo espiritual y en lo material como célula de la sociedad (léase y entiéndase una parte de la sociedad y de las familias), alguien tendrá que eliminar ese vacío y llenarlas de valores, de ideales, de miras altas, de comportamientos sanos, de actuaciones en derecho, rectas, de relaciones amigables y dialécticas para conseguir objetivos comunes y nobles (bien común). Los institutos no pueden convertirse en hospital de almas adolescentes y jóvenes, ni en sociedades sustitutivas de los padres, ni en consultorios psicológicos, ni en clínicas psiquiátricas. Cuando la escala de valores se esfuma, la axiología queda sustituida por la ley de la selva, la ley de la espontaneidad, por la ley del compadreo, ¿no, colega? La escuela es el frontón de todas las virtudes y de todas las lacras sociales. Pero la escuela será una institución ingobernable y estéril si no está dotada a su vez de principios sólidos que la rijan y de normas claras que dirijan su funcionamiento y la actuación de sus miembros. La mayor responsabilidad del Ministerio es dotar de esas reglas propias al centro escolar. Aun así la falta de conciencia en la sociedad de que los centros necesitan esa reglas para ser eficaces acaba restando toda importancia a la enseñanza y al centro. Esta promoción también tiene que hacerla el Ministerio. Siendo así la triste realidad conviene enumerar y analizar las causas que impiden que las escuelas y los institutos cumplan su tarea de ayudar de formarse a todo hijo de vecino. Se vació la escuela de valores como la educación ciudadana (“la buena educación”), el comportamiento social, el saber estar, las normas de conducta, las mínimas reglas de urbanidad. Se pedía comprensión al profesor. La caída de valores en la escuela era coincidente con el vaciado social. Había que llevar la calle a la escuela, decían. No se incluyó una asignatura de Educación, de educación a secas, (llamada de urbanidad en otro tiempo), educación en cuanto comportamiento social y educación como convivencia, educación como responsabilidad, como conjunto de normas ciudadanas, como respeto a la ley y a la autoridad, como ejercicio racional de la libertad, como ejercicio del derecho al trabajo y la obligación del estudio. Asignatura complementaria a la educación viva de los padres. Aparecieron, en cambio, en los centros las llamadas Educación física, la Educación plástica, Educación visual, cuando muchos niños llegaban sin educación o urbanidad alguna. (De aquí no se deduce que estemos de acuerdo con esa que viene llamada Educación para la ciudadanía, tan teorética). Se trasvasó a la escuela determinada manera de entender la libertad y de practicar la democracia (libertad es hacer lo que a cada uno le dé gana) que muchos alumnos han aprendido en su casa (así se puede demostrar con testimonios escritos) y que miméticamente reproducen en el centro escolar. Permeabilidad, pues, entre escuela y sociedad para bien y para mal, aunque el bien no resulta tan difusivo por sí mismo como decía el filósofo medieval y parece más ajustado a la realidad el aforismo de que una manzana mala puede pudrir un cesto. La LOGSE ideó que llegaría al aula un ciudadano educado en su casa y dispuesto a aprender “más”. La ley -tenemos que creerlo así- daba por supuesto lo formal de la democracia: los principios mínimos de “educación”, esos que se conseguían sin ir a la escuela y llevaban a decir “tiene educación”, es decir, sabe escuchar, atiende, sigue los consejos (¡obedece!)... La educación de los hijos corresponde primordialmente a los padres. En la familia tiene que haber descubierto el niño que existen unas normas y pautas de comportamiento: reconocer la autoridad, actuar con respeto, ejercitarse en la solidaridad. Los padres tienen que transmitir valores, dar principios, insinuar pautas de convivencia con los próximos y con el prójimo. La sociedad tiene que olvidarse de que vino una ley que se arrogaba el derecho de educar e insinuaba que los centros del Estado realizarían esa misión liberando a los padres de esa tarea imprescindible. La LOGSE y la LOE difundieron esta especie. Muchos padres lo entendieron así, se sintieron aliviados de sus responsabilidades y se aprestaron a exigir y a responsabilizar a los centros de la marcha de sus hijos. El Ministerio tiene que deshacer este entuerto, tiene que hacer olvidar la idea de que el Estado quiera o deba suplantar o sustituir al padre y a la madre. (La asignatura de Educación para la ciudadanía no está enfocada para ayudar y colaborar con los padres en estos rudimentos de educación en los que fallan los alumnos; los epígrafes que contiene, que si son discutidos es por sus componentes políticos ideológicos, no solucionan las carencias elementales de formación de la personalidad que tienen los alumnos). Los padres tendrán que educarse en educar a sus hijos, su tesoro. Ellos tienen la preferencia en la rotonda de la educación.
|