Corte
de mangas en la clase
Julián Martín Martínez
Presidente de la Asociación Nacional de Catedráticos (ANCABA)
El profesor llega a clase con la mochila cargada de buen humor. Murmullo. Algarabía, mora claro. Y lenguaje gestual a la moda. ¡Un corte de mangas! ¿Cómo? Sí, un corte de mangas. ¿Al profesor un corte de mangas? No tanto; bueno, pero para que lo vea el profesor, ¡para que se entere! El profesor se pregunta qué pasará, por qué a estas horas, por qué a estas horas tan tempranas ese alumno domesticado, ese alumno ya aclimatado haciendo gestos rituales, gestos que ya había aprendido a dejarlos para un escenario diferente al de la clase. El profesor de Secundaria se pregunta qué mosca le habrá picado para volver a la barbarie y re-coger y agarrar la iconografía de barrio. Viva el lenguaje no verbal. El profesor adivina una nueva etapa de mangas y capirotes.
El corte de mangas traducido a signos orales quiere decir: “Los suspensos no valen para nada”. ¿Te enteras, profesor? “Ya no tendré que repetir aunque me queden más de dos asignaturas”; “lo ha dicho una tía de las que ha ganado las elecciones”. El profesor sabe que hace dos días hubo elecciones generales y supone lo que habrá salido por la boquita de esa señora diputada. Anuncio de la parada, suspensión, derogación de la Ley de Calidad, es decir, desmadre entre los alumnos. El profesor se pregunta qué habrá hecho él para que un político le desbarate lo que había ido consiguiendo paso a paso durante un curso.
El profesor encuentra de mañana la clase llena de hongos espontáneos, nacidos en una noche bajo el espíritu suave y blando de la nube de la LOGSE que logra en horas contadas imponerse y barrer al logrado y sostenido anticiclón de tranquilidad. Para que se entere. El profesor no preveía esa sorpresa mañanera. Ya está enterado.
Todo el gozo del profesor en un pozo. Al pozo del olvido su ilusión de recuperar, de rescatar el amor propio de los alumnos (al amparo de la LOCE).Al pozo del olvido su emoción porque había conseguido que algunos alumnos prefirieran las cosas bien hechas a la vulgaridad (al amparo de un principio de calidad). Al pozo del olvido su esperanza de que en el ámbito de la enseñanza, escuelas e institutos, se difundiera un ambiente de satisfacción y de orgullo por las tareas bien realizadas, con un mínimo de calidad. A la papelera, al cubo de la basura la autoexigencia, el rigor, el esfuerzo, el valor de todo ello. Para los padres que se hubieran empleado en este empeño y para los profesores,¡una higa, un corte de mangas!
El profesor ve que todo lo anterior sólo producía fuegos fatuos, que no vale para formar a las personas. El profesor se pregunta si no estará equivocado, si no tendrá que ir dentro de poco a otro cursillo de perfeccionamiento para que le convenzan de que es mejor predicar y favorecer la autoestima barata, la autosuficiencia del estés como estés, para convencerse de que no existe el principio de causalidad en los aprobados. Los políticos tienen otra filosofía. El profesor tendrá que cambiar, tendrá que aprender que es mejor no exigir (ni siquiera como insinuación) ni exigirse nada. Tendrá que perder pedazo a pedazo su conciencia social, esa que le llevaba a convencer al alumno de la necesidad del trabajo y del gozo de la obra bien hecha.
El profesor reconoce que no está al día. El profesor recuerda que estos alumnos aprendieron lo del PIL antes que muchos profesores. El PIL era la Promoción por Imperativo Legal que la Ley de Calidad hizo olvidar. Ese tipo de alumnos -pasotas, dejados de la mano de la familia u objetores escolares- conocía este intríngulis de la LOGSE para pasar de curso antes de que al profesor le chirriaran los dientes y antes de que comprobara que al profesor se le impone que deje salir a la sociedad personas con ignorancias y carencias elementales mientras que a un operario industrial no se le permite echar al mercado una máquina con un pequeño fallo o defecto.
El profesor no sale de su asombro. El profesor cavila: “Ahora que algunos alumnos parecía haberse reconducido y hasta convencido de que es un gustazo llegar a final de curso tras haberse esforzado, de que es placentero contemplar las cosas bien hechas, de que son capaces de inventar incluso“ .
Pero el profesor se engaña. El profesor se engaña y se desengaña. De golpe, brutalmente le han quitado las ganas de trabajar. ¿Para qué? Sin tanto rollo el alumno puede “pasar” lo mismo. ¡Qué imbecilidad! ¿A quién se le ocurriría poner condiciones para pasar de curso? ¿Para qué los controles?
El profesor, como persona humana, se cae con todo el equipo. Él no había utilizado el suspenso como arma represora; había convencido al alumno con posibilidades de lo bonito que es no suspender y lo maravilloso que es demostrarse que podía hacerlo tan bien como “esos a los que les gusta esto del Instituto”; había logrado que el alumno dijera que él también valía y que iba a darse el gusto de aprobar porque era un aval de su valía. (Pensaba con cierta razón el profesor que el alumno pensaba lo anterior). Pero, estúpidamente, un mal aire se ha llevado todas esas ganas de cambiar del alumno y las esperanzas del profesor.
Al profesor, que no es político ni sindicalista, se le han caído los palos del chozo. Con la ley del mínimo esfuerzo, con las añagazas de la LOGSE en circulación de nuevo que hacen tabla rasa de encauzar las energías del adolescente y de exigir un mínimo de calidad, el profesor vuelve a su papel de sufridor. Nada de conductor. Y los alumnos a pasar y a promocionar sin dar un palo al agua. Los alumnos como reyes. Para mal de la sociedad. Para su propio perjuicio cuando se despierten del sueño que les hacen soñar.