JULIÁN MARTÍN, EX- PRESIDENTE DE ANCABA

        ARTÍCULOS


La Universidad remendona

 

 Julián Martín, Presidente de ANCABA

 

La Universidad tenía el alto destino de coronar los estudios anteriores. Hoy se le sigue suponiendo esta dimensión. Pero en los últimos años se ve obligada a dedicar parte de su tiempo a impartir lo que podíamos llamar un Bachillerato superior ya que el Bachillerato de dos años de la Enseñanza Secundaria se queda corto y estrecho. La Universidad ha perdido su categoría funcional y emplea su tiempo en  poner al día a los alumnos, en recuperarlos y en rescatar de su situación ignara a los aspirantes que vienen de la Secundaria. Para mayor oprobio la propia Universidad ha aceptado, tras la llamada selectividad,  a esos alumnos y ahora tiene que programar para ellos. Son alumnos que en las Facultades de Letras, incluidas las lenguas hispánicas, tienen que ponerse al día en ortografía, comprensión y expresión escrita y en las Facultades de Ciencias tienen que dedicar unos meses a poner los fundamentos instrumentales y operacionales de la matemáticas, de la física y de la química y de la biología.

 Una Universidad que tiene que comenzar revisando los cimientos de sus pupilos o poniendo nuevos pilares tras un sondeo geotécnico, es decir, sondeo de los fundamentos epistemológicos de aquellos que ya son estudiantes universitarios, ha perdido la razón de su existencia. La programación de estos “cursillos” de iniciación o introducción son tenidos hace tiempo como una manifestación de progresismo didáctico. Es más, esta Universidad acepta lo que le llega y ella misma propicia que sea así mediante la confección de pruebas facilonas para la llamada selectividad. De este modo consigue clientela para especialidades venidas a menos porque “todo el mundo tiene derecho a vivir” y a mantener el puesto de trabajo, aunque con rubor. Lo grave de esta situación es que no existe, a pesar de todo lo anterior, una reacción valiente -propia de intelectuales- para señalar que el sistema educativo previo a la Universidad está enfermo y es inútil, cuando menos en su vertiente propedéutica para la Universidad.

Tenemos una Universidad dedicada a arreglar desperfectos, a corregir, a añadir o a disminuir para que el alumno tenga un aspecto aseado y se mantenga de pie al iniciar su faena de novillero universitario.

En los pueblos donde nacimos algunos solo había una tienda que vendía de todo, también alpargatas, zapatillas, zapatos y botas. No había zapatería en el pueblo, pero sí varios remendones, zapateros remendones. El calzado no era muy bueno, se desgastaba fácilmente o se le daba un trato descuidado. El caso es que los zapateros remendones cubrían sus necesidades vitales con su dedicación a arreglar todo lo que estaba hecho de cuero: botas, zapatos, cinturones y los arreos de los animales. Ser remendón era todo un oficio artesano. La Universidad ya no es una zapatería o factoría, se contenta con ser una taller de reparaciones.

Acaso no hay oficio y arte sano como la enseñanza que procura seres nuevos, bien pertrechados, hechos en cada etapa según las exigencias de la calidad. Indudablemente que las personas requieren arreglos, correcciones, incluso remiendos, pero como acción subsidiaria, no como acción principal y continuada.

 

Jornadas del COU

 

 Desde el curso 82-83 hasta 89-90 en la Universidad de Extremadura se reunían casi cien profesores universitario y de Bachillerato para poder preparar a los alumnos del Curso de Orientación  Universitaria y para que su desembarco en las aulas se realizara con los pertrechos que se requieren para ser estudiante universitario. En esas Jornadas se presentaban experiencias de la diferentes asignaturas que buscaban superar los niveles y mejorar los resultados. Muchas veces eran proyectos compartidos por profesores  del Bachillerato y de la Universidad y experimentados al alimón. De ello dan prueba los tomos que se editaban cada año y recogían las ponencias y trabajos. Los correspondientes libros dan testimonio de aquellas jornadas en las que se buscaba la excelencia en el paso a la Universidad.

Era un despliegue de metodologías y de actividades de aprendizaje. Había una comunicación de experiencias y un intercambio real entre la Universidad y la Enseñanza Media, había ofertas y demandas mutuas, disputas y regañinas. Se daba todo eso, con rigor intelectual, cuando todavía esas palabras tenían significado real y no estaban trucadas o viciadas por la moda del reformismo experimentalista porque sí.

Aquella experiencia era vista con admiración por los especialistas que llegaban del resto de España para realizar sus ponencias. Algunos descubrían que el atractivo de aquellas jornadas estaba en las discusiones por especialidades que tenían el objetivo de mejorar el sistema y profundizar en los contenidos y  en las reuniones plenarias para conseguir el aprovechamiento multidisciplinar y acercar unos contenidos científicos a otros mediante la coordinación de áreas de conocimientos.

 En los años setenta y algunos de los ochenta, los alumnos de los dos primeros cursos de la Universidad comentaban a sus profesores de Instituto que casi todo lo tenían visto u oído. El progreso de una nación quedaría patente en que aumenten las Universidades y los universitarios y en que suba a la vez el rigor académico. Dedicar el primer trimestre de la Universidad  para que los alumnos alcancen el nivel mínimo requerido para iniciar el programa universitario es el reconocimiento explícito de la pérdida de rigor académico.

 

El acceso a la Universidad en la actualidad

 

La decadencia se puede comprobar fácilmente realizando un análisis comparativo de los contenidos y del nivel de las pruebas en los últimos quince años. Por ejemplo en Lengua y Literatura castellana, los contenidos del actual 2º de Bachillerato en la parte de Lengua coinciden con las exigencias de 1º de BUP y en la parte de Literatura con los contenidos de 2º de BUP. Dos son las causas fundamentales: los alumnos no vienen preparados al Bachillerato y las horas de la asignatura son menos para ver lengua y literatura conjuntamente. Pero nadie mueve un dedo, la Universidad tampoco.

Basta con repasar los repertorios de exámenes de una Universidad o los libros que publican anualmente algunas editoriales con las pruebas de selectividad para ver la caída del nivel: contenidos más pobres o fáciles y menor rigor científico. En el mismo Análisis de texto, que debía ser la prueba estrella para comprobar la madurez del alumno, hay algunas universidades que señalan el tema del texto para que los alumnos lo comenten (tal vez desconfíen de que el examinando pueda encontrarlo o formularlo sintéticamente).

Lo que sí vemos claro desde los Institutos es que la Universidad tiene una responsabilidad en la decadencia de la enseñanza del Bachillerato y en la ausencia de rigor académico al llegar a sus puertas. Ahora la sesión de evaluación donde se dan las calificaciones de los alumnos que pasan o no a la Universidad es un acto casi rutinario, ha perdido aquel carácter trascendente en el que el profesor, el alumno y el centro se jugaban mucho; la evaluación del Instituto ha perdido tensión porque la selectividad de la Universidad sabemos que está devaluada. Si La Universidad exigiera al Ministerio y a la sociedad  más calidad, los Institutos tendría una “causa mayor” para pedir más a sus alumnos de Bachillerato y éste no sería una continuación un poco forzada y esforzada de la ESO. Pero la Universidad parece que está por lo que le echen; hay que mantener tantas facultades y tantos puestos de profesores creados. No le importa ser una universidad dedicada a parchear, a remendar, a tener un régimen asistencial . ¿Por qué no gritan en las Facultades, por qué no ponen el grito en el cielo los Departamentos universitarios? ¿Porqué tanto silencio? Parece que ya no casa lo de Universidad e intelectuales. ¿Dónde están los intelectuales de ahora? ¿Qué dicen los universitarios de ahora ante las leyes de educación? Parece que la Universidad no tiene inconveniente en ser remendona, en dedicar parte de su tiempo a actuar como el zapatero remendón. Será el signo de los tiempos.

 

 

Cuando las Comunidades hacen el vacío a la Ley

 Julián Martín, Presidente de Ancaba

 

A algunas Comunidades Autónomas les molesta la Ley de Calidad más que la situación del alumnado. En consecuencia, ponen los presupuestos ideológicos de su partido político por encima del afán de ayudar al alumno. Este es el caso de los exámenes extraordinarios que más del 70% del profesorado pedía antes de la aprobación de la LOCE y que los profesores razonablemente  situaban en septiembre y que ahora determinadas Administraciones para ¡fastidiar a la LOCE! programan en junio contra natura, considerando lerdos a los profesores  y obligándoles a realizar un paripé y, lo que es más grave, sustrayendo la posibilidad de rectificar a los alumnos que quisieran hacerlo durante el verano y quitando a sus padres la decisión de ayudarles del modo que fuere durante las vacaciones.

El hecho es que, junto a las declaraciones, aparecen las medidas de presión contra la Administración central y contra los grupos profesionales para obligarles a ceder y para perjudicar su actuación. Esto se llama en castellano obstrucción y bloqueo. Pero ¿para quién es el perjuicio: para el Gobierno o para los ciudadanos en formación?

            De una manera  u otra  estas actitudes están impidiendo los movimientos necesarios para el desarrollo y aplicación de la LOCE o entorpeciendo al menos el proceso, bien con declaraciones estentóreas o con el anuncio de borradores que burlarían el espíritu y la operatividad de la Ley. El obstruccionismo es, normalmente,  fruto de la ceguera o del ánimo pusilánime cuando no emponzoñado.

            El desarrollo de una Ley tenía que ser fruto de la cooperación; los reglamentos permiten asumir diversos modelos de ejecución, conjuntarlos, mucho más cuando en la ley está el principio de flexibilidad y adecuación a la realidad diversa. Pues justamente los que predican la acción cooperativa en la enseñanza son los que prefieren dificultar el proceso, llenar el camino de estorbos, entorpecer las acciones o decisiones. Una vez más, en el campo de la enseñanza son posibles todos los ensayos, veleidades y vendettas políticas, de las cuales sólo sale perjuicio para el alumno débil y de lo que se deduce que a quien esto realiza le interesa poco la enseñanza y se le va la fuerza por la boca; bastante claros fueron los efectos de los ocho años de ensayos anteriores a la LOGSE y la provisionalidad de los años posteriores.

            Los alumnos y los cursos (años académicos) son como las hornadas de pan; cuando una se quema, ya no tiene remedio. Por eso, en vez de asediar y sitiar al poder ejecutivo central, los otros diecisiete poderes ejecutivos regionales tenían que estar en coordinación para rápidamente poner la máquina en marcha y poder engrasarla después en cada Comunidad. Pero pronto, antes de que los alumnos se quemen o se queden fuera de la vía. Aprobada la Ley, no es hora de asediar. Menos sitios de Numancia o de Zaragoza, que en este caso todos somos españoles y  la educación es cosa de todos.

Desarrollo legal lento de la LOCE

 Julián Martín, Presidente de Ancaba

Nos parece bien que el Ministerio comenzara el desarrollo de la Ley por los Reales Decretos y Órdenes que tienen que ver con la enseñanza a pie de obra y cuyos beneficiarios inmediatos son los alumnos en un tiempo y en un espacio dado. Pero se está retrasando mucho lo referido al Profesorado: ingreso, acceso, movilidad, plantillas y dotación de Cátedras, etc. En concreto, la Orden de integración de los Catedráticos en el nuevo Cuerpo se antojaba que era una cosa sencilla si se daba la colaboración de las Comunidades Autónomas –ofreciendo en lo pragmático los listados de funcionarios, la antigüedad y la asignatura- y el Ministerio tenía claro los extremos que suponían la creación del Cuerpo en cuanto a Especialidades, Asignaturas, Cátedras, Departamentos y la relación Asignatura-Cátedra-Departamento. A veces los temas de Personal se presentan como nudos gordianos o por rizar el rizo o por la intransigencia de alguna de las partes, sindicatos o Administración. Es de suponer que el Ministerio tendrá funcionarios hábiles y eficientes en la Sección de Personal para ejecutar correctamente sus directrices.

 Centrándonos en un campo, parece que el Ministerio no sabe qué hacer con el Cuerpo de Catedráticos. Creó el cuerpo y no sabe cómo poner en funcionamiento su maquinaria. La complejidad de las redes legales y los entresijos leguleyos tienen inutilizada la puesta en marcha y, por tanto, el ejercicio de las funciones de los catedráticos está paralizado.

Ello conlleva que la operatividad de la medida en el engranaje de los centros haya tenido sordina y, lo más preocupante, que no haya tenido efectos inmediatos desde el primer momento. Con la importancia que tiene el primer momento, el que rompe la inercia, se ha mantenido prácticamente la rutina organizativa de cursos anteriores. Ese impulso de coordinación que pretendía la Ley de Calidad no se ha podido manifestar y la figura y las funciones del Jefe de Departamento han permanecido en la neblina.

Los catedráticos y los directores de los Centros se han mantenido a la expectativa. Muchos de ellos esperaban el espaldarazo operativo derivado del desarrollo de la LOCE para ejercer su compromiso con la calidad con todas las de la ley, es decir, con el apoyo externo y con todas las bendiciones de la Administración.

Igualmente, muchos profesores de Secundaria hubieran querido saber ya en el primer trimestre del curso 2003-2004 cómo iban a ser las pruebas para ingresar en el Cuerpo de Catedráticos. Otros está preocupados por saber las cátedras vacantes en los Institutos para hacerse una composición de lugar  de lo que les puede interesar. Los profesores jóvenes, que casi en su totalidad no tienen su plaza en las capitales, quieren saber cómo está la dotación y ocupación de las cátedras en esos institutos de los pueblos y ciudades para ponerse a preparar cuanto antes sus oposiciones a cátedra. Señalan que también a esos institutos les interesa cuanto antes tener unos coordinadores didácticos reconocidos por la Administración en todos sus derechos y obligaciones.

No deja de ser curioso, sin embargo, que algunas Administraciones regionales estén poniendo trabas a esta organización académica prevista en la LOCE que busca potenciar la coordinación académica de los Centros mediante unos Jefes de Departamento que sean real y jurídicamente responsables de la actividad instructiva y formativa de los grupos de profesores. Prefieren seguir con la indefinición de la figura del responsable, la ausencia de la petición de responsabilidades para no reconocer administrativamente el trabajo de los funcionarios que cumplen y para no complicarse la vida advirtiendo al jefe que haga dejación de sus responsabilidades.

 

MIEDO A LA CALIDAD

                                                

                                                           Cómprase la reputación a precio de trabajo:

                                                            poco vale lo que poco cuesta

 

 

Gracián no nos interesa en España. Puede ser número uno en Estados Unidos de América en donde los aventajados progresistas españoles piensan que sólo hay gente inculta. Gracián puede sorprender y asentarse entre los tontos yanquis y también en Alemania en el cambio de milenio. Pero aquí se nos indigestaría; es mucho para el cuerpo en los tiempos que corren, demasiado fuerte. Casi repelente para los aires que respiramos y las modas que nos invaden, la moda de la vulgaridad, de la igualdad estéril. Los escritos de Gracián podría ejercer de viento que barriera la atmósfera, que limpiara el ambiente de los miasmas que esterilizan al personal a fuerza de haber ingerido tantas dosis de igualitarismo como se han distribuido durante años. Pero Gracián es implacable: La extensión sola nunca pudo exceder de medianía.  Gracián es huracán o céfiro que, por tanto, puede arrebatar o puede acariciar, pero no dejar indiferente a la gente. No consiste la perfección en la cantidad sino en la calidad  .

 

Aquí, en España, hasta las palabras dan miedo. Algunas casi es mejor que no hubieran nacido, tales como seriedad, calidad, precisión, exactitud, control, rendimiento...; otras son como la bicha: examen, oposición, concurso, certamen, catedrático...

En todas las profesiones, en todos los ámbitos, hay una organización de funciones,  una distribución de menesteres, una especialización de tareas. Sólo en el campo de la educación  está asentada la costumbre, está en vigor la idea –lo que es peor- y se mantiene la creencia de que todo personal vale para todo. Al mismo tiempo, convive con lo anterior el rechazo a tener responsabilidades, el miedo a ser director de algo (no digamos el verbo dirigir), el repelús a iniciar la marcha, el pánico a adelantarse y cruzar una raya invisible tras la que esperan dedos índice acusadores, el agobio por estar al frente de algo...La huida de lo que se llame mandar, gobernar, tener cargos, tener cargas, es muy común, incluso un orgullo. Es una postura y conducta habitual entre los docentes.

Cuando se tiene un destino cómodo nadie quiere desempeñar funciones directivas. Cuando se espera mejorar cambiando de destino o se busca un traslado, entonces sí que se aceptan cargos, los que sean, los que den más puntos (con la intención tácita de prosperar personalmente, no de servir a la sociedad). Junto a esta actitud pragmática, hay todo un abanico de comportamientos. Veamos:

a) Los cargos se buscan o se aceptan no por la vocación personal, por la decisión de servicio, por la preparación y capacitación, por ser una tarea aneja al título de funcionario.

b) Algunos lo hacen por el ego, por la necesidad de unos ingresos, por gustarles más la tarea administrativa (en el caso de los directores-secretarios-jefes de estudios) que la tarea didáctica de clase y, ahora, también por huir de impartir clases en la ESO.

c) Otros pocos porque se sienten realizados en su disposición natural o capacidad para organizar y para dar salida a su capacidad de liderazgo

d) Algunos por motivaciones políticas, para hacer presente su ideología, lo que desemboca  en unos resultados buenos unas veces y desastrosos otras, dependiendo más de la valía de las personas que de la ideología que dicen defender.

 

 

 

Profesores sin relieve, sin perfil

 

La cultura de los últimos veinte años ha dejado a los profesores chafados, sin relieve, sin perfiles, unas personas o personalidades desdibujadas. Es como si alguien hubiera decidido arrinconarlos  en el anonimato, en la desconsideración, en el aburrimiento, en la rutina, en el desprecio, y ellos lo hubieran aceptado y se hubieran instalado en la abulia. Porque en esa enumeración hay factores sociales, unos insoslayables y otros a los que se puede hacer frente; hay actitudes o posturas personales, una inducidas, otras soportadas y otras aceptadas por comodidad o por falta de iniciativa. El canon del “todos iguales” desemboca en el mar de LA MEDIANÍA, LA TIBIEZA, adonde son arrastrados incluso los universitarios porque, como diría Platón, los espíritus vulgares no tienen destino.

Todo ello por falta  de estímulos, de acicate, de metas o de citas de superación, de momentos para demostrar su cualificación, su perfil personal. De todo ello se puede echar la culpa a la Administración como de hecho se hace, pero quedaría la extrañeza y la estupefacción de cómo un universitario puede dejarse comer el coco de esta manera, cómo no reacciona ante imposiciones o cómo no se agrupa para defenderse de las agresiones administrativas o sociales.

Este adocenamiento, este quehacer ramplón, esta mediocridad no favorece la práctica educativa que requiere renovarse por convencimiento propio a cada paso. Pero el afán mudo de no salirse del camino común, del campo trillado, del “colectivo”,  de no significarse, ha acabado por ofrecer una imagen clónica  de los profesores como “igualmente iguales, igualmente mediocres” ( digo imagen y en apariencia, y como funcionarios, porque en privado cada uno obrará según su naturaleza y según su categoría e incluso en clase, si anda con tiento, podrá desplegar su personalidad).

Da pena pensar cuántos profesores hay perfectamente preparados y dispuestos a trabajar dejándose la piel y, sin embargo, no tienen la oportunidad de demostrarlo y de verse reconocidos. Personas desaprovechadas, ralentizadas por la rutina.

 

Conducta anodina, actuación plana

 

Es curioso que sólo en los centros del Ministerio de Educación se expresan las cualidades de sus profesores sin especificar un grado. Es el único grupo de profesionales o funcionarios donde el adjetivo calificativo no tiene grados: ni superlativo,  ni comparativo (como mucho el de igualdad, pero en modo alguno el de superioridad o inferioridad). El único “colectivo” en el que no se admite la superioridad, el prestigio, la autoridad, la excelencia es en el de los profesores. Su caldo cultural  es el de la “igualdad”.

No miente usted, cite o saque a colación  la graduación de los militares o la jerarquía eclesiástica; hable como mucho del escalafón de los toreros (personajes llenos de tipismo y poéticos incluso); pero no caiga en la vulgaridad de hablar del funcionamiento y de la organización del personal (recursos humanos) en otros Ministerios o en cualquier empresa privada, la más multinacional o la más pequeña de un pueblecito. No compare, que ofende. Allí, en otros ámbitos, que estén organizados como sea, aquí todos somos iguales y nos regimos por modelos “democráticos”. De esta manera la enseñanza queda fuera de los modos de funcionamiento de toda la res pública sea la dependiente del Estado o la de iniciativa privada, no ya en Europa sino en todo el mundo. Por eso siempre se está mareando la perdiz: eludiendo controles y amparándose en criterios diferentes y cambiantes.

El mismo grado académico de “doctor” que poseen muchos profesores de Secundaria es tolerado  fuera de los límites del centro escolar (calles, cafés y bares),  pero dentro de él todos han de ser iguales y comportarse y ser tratados como tales.

 

Desmotivación

 

Esta situación es  injusta y desmotivadora ya que conlleva que se mantenga la misma categoría profesional desde el ingreso en la administración hasta los restos, que los aumentos retributivos sean para todos iguales, que todo “progreso” se fundamente en la mayor antigüedad...independientemente de la preparación y dedicación. La gerontocracia asoma la oreja y se adueña del panorama.

En la normativa antigua del funcionamiento de los Seminarios didácticos se recogía lo siguiente: La Inspección educativa podrá extender a final de curso certificado de las actuaciones, actividades o tareas de especial relieve a aquellos profesores...”. Naturalmente esta norma dejó de practicarse porque era “discriminatoria” (que tal vez quiera decir que “pone a cada uno en su sitio”) al señalar a los que tenían una dedicación más intensa y porque, en la práctica, no iba a ser recogida en el baremo  de ningún concurso. Todos iguales. A nadie se le oculta que con estos modales se desdibujan los perfiles de cualquier persona. Pero tal vez hubo una Administración que quería estos profesionales desdibujados, de bajo perfil.

 

Contra la mediocridad funcionarial, amodorramiento

 

La  creación del Cuerpo de Catedráticos, recreación para algunos, viene a romper esa inercia de “dejarse llevar”. Supone una nueva categoría profesional, propone una meta, supone un estímulo. Es, sin duda, un hito en la carrera docente que conlleva mérito y prestigio,  que lleva aparejada una función atractiva, no discutida y reconocida por los compañeros y apoyada por la Administración ya que los procedimientos de selección tendrán rigor académico: un puesto de confianza, en la seguridad de que sabrá desarrollar y levar acabo las propuestas más adecuadas en cada momento. UNA VERDADERA CARRERA DOCENTE, ligada al mérito y a la capacidad y no sólo a la antigüedad, ajena a procesos discutibles  para llegar a ser catedrático. El catedrático es un referente de calidad.

 Teniendo en cuenta la historia, la noticia pareció  excelente a muchos porque el Cuerpo de Catedráticos ha sido históricamente uno de los pilares en los que ha descansado la segunda enseñanza en España. Son más de 150 años de historia. El prestigio del Bachillerato español estaba unido al Cuerpo de Catedráticos, la segunda categoría académica nacional durante más de un siglo.

Pero, sobre todo, nos parece importante esta recreación  porque es una medida de progreso ya que se basa en: 1.- Trabajo, esfuerzo y 2.- Calidad. Al mismo tiempo aparece evidentemente como un elemento democratizador  ya que su selección se realiza mediante el mérito y la capacidad.  Si algo está alejado de los elitismos baratos es la preparación, la dedicación y la decisión de actuar para liderar sin vergüenza y con el apoyo y con el reconocimiento de la Administración y de la sociedad. De alguna manera el profesor  de Secundaria tiene que ser más culto que uno de Universidad ya que  Secundaria y Bachillerato muestran de modo sistemático la complejidad, la riqueza y las posibilidades de la inteligencia humana: el profesor tiene que ofrecer un panorama, una visión panorámica del mundo...La especialización sí, pero también la información comunitaria Por eso se necesitan profesores que se salgan del libro, del guión, y que puedan hacer de guías.

La creación del Cuerpo de Catedráticos y las funciones que le asigna la Ley de Calidad son de suma importancia para la mejora del sistema educativo porque sin duda ha de servir de estímulo para todos. “No hay nada más injusto que tratar igualmente a personas desiguales” decía Aristóteles y ni los alumnos ni los profesores son iguales. El reconocimiento de la calidad  es el reconocimiento del mérito y de la capacidad.

Por todo ello, en determinados círculos, en determinados “colectivos” la decisión de que haya Catedráticos no cayó bien. Alguna gente, incluido algún sindicato, prefiere el estancamiento. No les gustan las medidas de futuro, los instrumentos reales de progreso. Es una manifestación del miedo a la calidad, calidad basada en el trabajo que traiga una función pública docente eficiente, operativa y fuerte. Ya la palabra Catedrático, como vimos al principio, supone una exigencia que mucha gente no está dispuesta a arrostrar.

La creación del Cuerpo de Catedráticos nos parece por tanto una decisión progresista –mérito y capacidad- y un factor democratizador ya que la jerarquización de funciones y responsabilidades se fundamenta en la preparación científica y en la especial cualificación. Gracián lo vería bien. Otros en cambio no quieren ver ni en pintura la filosofía ética de Gracián, a fuer de universitarios.

 

 

 

 

 

 

Abolición de la ley del mínimo esfuerzo

 

 Bastaría que la prevista Ley de Calidad de la Enseñanza  tuviera un artículo único en el que se aboliera la ley del mínimo esfuerzo. Cierto que no hay ninguna ley positiva que haya promulgado una disposición tal  donde se afirme que se aprendería sin dar golpe y se viviría sin trabajo y sin conocer el sudor de la frente y el calentón de las meninges. Tal vez ahí está el problema, en que no consiste en cargarse ninguna ley sino algo más sutil que acompañó a la Logse, aquel hálito de bondad del alumno, aquella generación espontánea de conocimientos que saldrían de su mente,  aquellos pozos de sabiduría o manantiales que el profesor debía ayudar con suavidad a manar. Toda esta filosofía de vida estudiantil se tradujo en unos hábitos y costumbres, en un dolce far niente que circula con facilidad por el aire y se contagia como la gripe y está en el ambiente, en el tejido social y acaba siendo santo y seña de los comportamientos.  El dulce “paro” intelectual y académico que no impidió la subvenciones y las promociones de curso. La LOGSE se predicó también llevando la contraria al Barón de Montesquieu que decía que “hay que estudiar  mucho para saber poco”.

Porque nos dieron la ley y nos vendieron la burra, la caraba.  Todo sería fácil, coser y cantar, jugar y aprender. Y ahora comprobamos que tan imposible es  matar los elefantes a puñetazos como difícil eliminar los fantasmas o los malos hábitos o los bulos demagógicos con letra impresa. Pero la abolición tiene que llegar, como llegó la de la pena de muerte porque la ley del mínimo esfuerzo es una condena inconsciente, indolora y a plazos a una aniquilación anunciada de la persona. Un infanticidio que no sé cómo los pedantes, que decía Unamuno, no han denunciado.

A ver ahora , después de tantos años de juerga, juelga, huelga, juego y atmósfera lúdica, quién es el bonito que hace el discurso del esfuerzo escolar.  A ver quién dice que en el aula hay que entrar con ánimo, brío, vigor, valor. A ver quién explica que el esfuerzo es el empleo enérgico del vigor o la actividad del ánimo para conseguir una cosa venciendo dificultades. Que lo diga la Ley, ¡sólo faltaba!; que lo diga el Presidente de Gobierno  y la Ministra de Educación propugnen la cultura del esfuerzo ¡es justo e imprescindible!; pero que sepa el legislador que el alumno ya no  lee el primer capítulo del Génesis para encontrarse con aquello de “comerás el pan con el sudor de tu frente” y que La Celestina puede verse en el cine pero que en la película no se recoge  el prólogo donde el autor dice, citando a Heráclito, que “todas las cosas se hacen  con lucha” y que, citando a Petrarca, “la naturaleza no engendra nada sin combate y pelea”.

A ver cómo difunde el Ministerio estas ideas en la sociedad porque acaso los supuestamente indicados para hacerlo predicaron anteriormente lo contrario y no queda bien que ahora se pongan serios. Pero, bueno, si están acostumbrados a obedecer y se paga  convenientemente, todo podría andarse porque argumentos para propagar la teoría y praxis del esfuerzo no les faltarán.

 

De la utopía lúdica a la realidad del estudio

 

Últimamente hay mucha gente que se está cayendo del guindo y que, convertidos en Jeremías, se lamentan del hundimiento  de la enseñanza. Profesores y padres. Han sido veinte años de juego escolar: jugando a enseñar, jugando a aprender. Y ya lo decía Unamuno: “El maestro mismo, que les enseña jugando, juega a enseñar. Y ni él, en rigor, enseña, ni ellos, en rigor, aprenden nada que valga la pena”.

Está bien venir de Babia, dejar las vacaciones y volver al trabajo escolar. Las vacaciones habían perdido su fuerza semántica y su razón de ser ya que no se puede descansar si antes no se ha trabajado. Habrá que educar ciudadanos diligentes antes de que se extienda más aquello de que "la pereza es la costumbre adquirida de descansar antes de que llegue la fatiga". Ahora parece que a la escuela quiere el Gobierno que los alumnos vengan a trabajar, no a entretenerse y a matar el tiempo o a vivir como en Jauja sin ninguna obligación. El Parlamento está dispuesto a abolir la ley del mínimo esfuerzo, esa norma no escrita pero que en los últimos veinte años ha llegado a ser la norma de comportamiento inspirada en la beneficencia de lo lúdico.

 El Ministerio de Educación se ha puesto serio y quiere crear un ambiente de disciplina y de esfuerzo en los centros educativos. Tal vez no ha querido oír peregrinas teorías de sirenas pedagogistas y ha preferido escuchar la demanda de los profesores de tiza en ristre que no es ni más ni menos que un ambiente de disciplina para que puedan trabajar los alumnos y ellos mismos. Una petición de sentido común: convivencia y exigencia académica. La cultura del esfuerzo que se dice en la jerga al uso.

 El Presidente del Gobierno y la Ministra de Educación han tenido arrojo y, contra corriente, están haciendo una campaña de “Trabajo y Esfuerzo en la escuela”. Ahora que la gente estaba tan cómoda y la promoción de curso caía de las nubes como el maná, milagrosamente, o con toda la seguridad del imperativo legal, vienen a molestar a las familias. No es un discurso agradable y fácil, pero alguien tenía que decir claro que hay que volver al trabajo y a la educación en el trabajo. Nada de dorar la píldora. Han sido valientes, pero sobre todo honrados con el pueblo. También Unamuno lo pedía frente a las modas educativas de su tiempo: “Parece que nos asusta enseñar a los niños todo lo duro, todo lo recio que es el trabajo”.

El Ministerio también tiene la brújula orientada a conseguir la calidad en la instrucción mediante ese clima de trabajo. Frente a la propuesta resignada de bajar la calidad de todos, prefiere y busca elevar la calidad de todos. Desde luego  parece que la LCE quiere acabar con el paro escolar y poner a trabajar, a gusto o a disgusto, a todo el mundo. Al haber sustituido el trabajo escolar por la laxitud, la flojera y el juego, casi toda una generación no ha tenido ocasión de saborear y experimentar el gusto por lo bien hecho, la satisfacción por aquello que ha costado realizar. Una muchedumbre de alumnos en los últimos quince años sólo ha conocido el que más da, el poco más o menos, unas veces sí y otras no, depende, y sucesivas fórmulas de relativismo o pasotismo.

Quienes más necesitan que se imponga el trabajo son los alumnos procedentes de las familias más débiles económica o culturalmente; la escuela tiene que convencerles, pedirles y exigirles que trabajen para sacar a flote sus cualidades y habilidades, porque habrá otras personas que aprenden o saben por inmersión cultural. Solo en un ambiente de trabajo y exigencia obtendrán rendimiento y aprovechamiento aquellos menos afortunados y procedentes de ambientes ágrafos o de analfabetismo funcional.  Si trabajan, pronto superarán a aquellos que viven de las rentas: toda una experiencia satisfactoria. Esto lo sabemos muy bien la cantidad de profesores actuales procedentes del mundo rural; gracias a la  exigencia, fortiter et suaviter, de nuestros maestros y profesores y a que nos inculcaron el amor al trabajo conseguimos  no vernos forzados a ser destripaterrones y poder elegir nuestro destino. Aquellos profesores tenían autoridad y trabajaban en un ambiente de disciplina.

En la Secundaria pasa un adolescente los momentos más duros de crisis. Se juega su porvenir. Según salgan ellos, así será su país. También el país se la juega. Por eso hay que ponerse medianamente serios y tener una escuela responsable, no alegre y divertida sin más como rezaba en algunos estatutos asociativos. Habrá que endulzar la medicina como decía D. Juan Manuel, pero no ofrecer mucho chupachup y sólo unas gotitas de medicina porque ésta amarga. Más amarga la verdad que decía Quevedo. Y Unamuno no se anda con verdades a medias: “Hay una cierta pedagogía que huye de las dificultades, huye del verdadero trabajo, huye de la austeridad”.

 

       EL CUERPO DE CATEDRÁTICOS DE INSTITUTO

El anteproyecto de la Ley de Calidad Educativa recoge la creación del Cuerpo de Catedráticos de Enseñanza Secundaria.

(Disposición Adicional Undécima)

 Como a almas en pena se nos ha “dado”, por fin, el Cuerpo donde vivir, donde encarnarnos o reencarnarnos. Así aparece en el anteproyecto de la Ley de Calidad de la Educación.

Ya tenemos el Cuerpo de Catedráticos, ya tenemos la estructura de la casa. Ahora sólo falta que fontaneros y electricistas trabajen bien para entregar la casa con garantías. Ciertamente que la estructura es “virtual” y todavía puede necesitar de arquitectos y estructuralistas. Hay que ver cómo queda definitivamente redactada la Ley en los puntos que nos conciernen.

 Tres momentos fuertes han jalonado estos doce años desde la publicación de la LOGSE:

Sufrimos la usurpación de nuestros derechos profesionales y  la negación del pan y de la sal; recibimos la promesa de devolvernos a nuestra tierra y, finalmente, estamos asistiendo a la visión de la casa prometida,  del Cuerpo de catedráticos.

 Pero esta transición, de la nada a la potencialidad de volver a ser lo que fuimos, nunca hubiera sido posible sin la acción decidida y reivindicativa de las personas que han formado parte de las sucesivas Juntas Directivas de ANCABA, cuyos desvelos y trabajos realizados, cuyos desplantes y rechazos recibidos sólo ellos conocen.

 Cada catedrático habrá vivido y padecido a su modo en este periodo. Pero los testigos excepcionales han sido todas las Juntas Nacionales de la Asociación que no han desmayado para llegar a buen puerto y los Presidentes provinciales o Autonómicos que han mantenido la llama y la cohesión. Unos y otros se han mantenido fieles al lema  “Labore et constantia” recogido en el sello de la contraportada de nuestra revista Cátedra Nova. Trabajo continuo unido al ejercicio –difícil y comprometido- de usar la libertad de expresión. Muchos catedráticos mantuvieron su dignidad profesional y decidieron juzgar y hablar racionalmente sobre la enseñanza y sus profesionales.

 Hemos sido auténticas alma en pena, vagando durante  más de un decenio y buscando el cuerpo donde vivir, el cuerpo que revitalizar, el cuerpo donde descansar y realizarnos  profesionalmente. Personajes para ser dibujados por Quevedo, personajes muy similares a “Sobre los ángeles” de Alberti, personajes tan dignos de admiración y de ¡compasión! como el Mario de las cinco horas de Delibes.

 Algunos nos abandonaron en el camino porque no aguantaron la sequía. Otros fallecieron o se jubilaron con el baldón de haber sido degradados.  Los que nos hemos mantenido en la columna nunca nos hemos creído más fuertes que los demás, siempre hemos invitado a todos los compañeros a unirse a nuestra acción y, por supuesto, nunca hemos rechazado la compañía de los de nuestra condición profesional. Todos juntos podemos continuar en esta marcha por la enseñanza de calidad y por los profesionales de calidad.

 Moisés, tras su éxodo, pudo ver la tierra prometida, aunque no llegó a pisarla. Ojalá la “promesa” del anteproyecto podamos verla hecha realidad antes de que acabe el año.

La fidelidad y la constancia nos han traído hasta aquí. No desmayemos y sigamos.

Aportaciones: Cada uno, cada provincia, cada Comunidad tiene que hacer sus aportaciones a la Secretaría Nacional, antes del 15 de junio, para unificarlas y elevarlas al Ministerio, evitando en todo momento que haya francotiradores que entorpezcan la acción. En una Ley no pueden recogerse todas las circunstancias personales, pero sí conviene que los puntos fundamentales estén recogidos con toda claridad para que las Comunidades no puedan pasar por alto lo que indica una norma básica.

   

A PROPÓSITO DE LA REVÁLIDA

 Julián Martín Martínez y Rafael Coloma Gil, Presidente y Secretario de ANCABA

Un Estado democrático otorga igualdad de oportunidades para cursar el Bachillerato. Y un estado democrático puede y debe constatar el aprovechamiento de esas oportunidades que da a los ciudadanos mediante un control de calidad, una prueba externa, llámese révalida o como sea. La prueba sería una garantía  de que se usan bien los medios que el Estado pone al alcance de los ciudadanos para bien del individuo, de la familia y de la sociedad. Lo hacen los países europeos. Instaurar este control no es volver atrás sino acompasarnos a los comportamientos de evaluación de la educación que están en uso en Europa.

 La reválida, también llamada Examen de estado, no es la tarta sino la guinda de la tarta. Es más importante la base, los ingredientes y su elaboración. La reválida se limita a ratificar, es una confirmación de que los estudios previos han sido sólidos y sirve al mismo tiempo para validarlos garantemente. Por ello entendemos que más importante que la guinda son las reformas previstas y solicitadas por el profesorado en los tramos educativos que componen la tarta.

 Superar los controles (bastantes profesores piensan que debía haber uno al final de la Secundaria como ocurre por ejemplo en Francia) no depende de la pobreza o riqueza sino de la calidad del sistema, del ambiente de trabajo y del esfuerzo personal. Siempre habrá estudiantes que trabajan poco, bastante o mucho. Pero si la sociedad está convencida de que la cultura de la superación exige sacrificio será más fácil estudiar y se desvanecerán los agobios psicológicos. Antes o después el ciudadano se dará cuenta de que van a medir su preparación para realizar un oficio y conviene que el alumno, si no se le quiere engañar, aprenda a bregar y sudar desde las aulas.

 La reválida en sí misma no produce calidad. La reválida es un referente que puede tensionar y propiciar la búsqueda de mayor exigencia en la enseñanza y el apredizaje para conseguir mejores resultados y acercarse a lo óptimo. Rompe la inercia y la rutina actual. La reválida no es la causa de la calidad sino un acto en el queda reflejada y refrendada la calidad del sistema educativo previo. De ahí que haya que transformar el sistema actual en profundidad tanto en la enseñanza primaria como en la secundaria para que el alumno llegue al bachillerato con una preparación que permita conseguir los objetivos de esta etapa voluntaria y propedéutica de los estudios universitarios en la mayoría de los casos. El referente de la reválida u objetivo de calidad, si es tenido en cuenta, puede espolear y motivar a profesores y alumnos porque, como decían los clásicos, lo último en la ejecución es lo primero en la intención o propósito.

 Por otro lado, la prueba debe ser homologable en todo el Estado Español, en todas las Comunidades Autónomas. Y, por supuesto, una reválida digna, con preguntas definitorias y calibradas. Nada de apañadas o amañadas para que los resultados sean pasables y digeribles, "aparentemente" satisfactorios como sucede con algunas de las últimas pruebas de selectividad. Nada de sucedáneos, si queremos ser serios, porque antes o después las encuestas de la OCDE u otras mundiales nos pondrían en evidencia.

 Definir ahora la prueba es prematuro. Entrarían, por supuesto las asignaturas comunes y las de especialidad. Homologable en exigencia a Europa. Si ahora, en este momento, se hiciera con parámetros europeos quedarían al descubierto todas las vergüenzas de nuestro sistema. Por eso hay que arreglar y ordenar los estudios fundamentales de la Primaria y Secundaria porque tienen entidad en sí mismos y porque habilitan socialmente al ciudadano que obtiene el título, pero también para que el Bachillerato, si no se amplía su duración como ANCABA ha pedido reiteradamente desde Cátedra Nova, pueda iniciarse y realizarse con dignidad académica. Entonces la révalida tendría todo nuestro aval como control democrático de los servicios educativos del Estado.

 

El profesorado ante la Ley de Calidad  de la Educación

 Julián Martín Martínez y Rafael Coloma

Presidente y Secretario de la Asociación Nacional de Catedráticos de Instituto (ANCABA)

 

 “Estudio es ayuntamiento de maestros y escolares

que es hecho en algún lugar

con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes”

(Alfonso X el Sabio, Siete Partidas)

 

 Los profesores acaban haciendo fecundos todos los sistema educativos, aun los más estériles, y acaban salvando del desastre los proyectos más descabellados. La ley que está a las puertas de ser aprobada  ha sido redactada por el imperio y la evidencia de los desajustes del sistema y por la petición de los gritos  y de las demandas del profesor currante. Las vigentes reglas de comportamiento no favorecen ese ayuntamiento de maestros y escolares, cada uno desde su posición, y tampoco parecen reconocer la voluntad de aprender de los escolares. Basta con que esta ley sanee la convivencia, fije los saberes fundamentales, propicie que cada alumno sea atendido según su “voluntad y entendimiento de aprender” y deje el modo de hacerlo o la idáctica a los profesores. Entonces sí que el ajuntamiento será útil, provechoso a la persona y a la sociedad.

 Ya nos hemos olvidado del cambio de siglo, pero la crisis de final de siglo  se continúa en los principios de este XXI. Una crisis amplia, de ancho espectro: en lo cultural, en los valores de la sociedad y en el campo de la educación, tanto en la familia como en la escuela. Todo ello conlleva que los sistemas educativos se acompasen a los tiempos.

Y es necesario que se revisen los contenidos y se revisen las técnicas didácticas. En consecuencia que se modifiquen, retoquen o cambien las leyes de educación es normal como la vida misma e imprescindible para que sean eficaces.

 

Ambiente familiar y clima escolar

 Pero en estas revisiones de la educación tan importante es el ambiente familiar como el ambiente escolar (con solo más medios económicos no funciona mejor ni una familia ni una escuela). El buen ambiente requerirá amor, dedicación y afecto de la familia y del profesorado, pero junto a ello  es necesaria la exigencia, la disciplina y la autoridad. El 43 % de los padres se siente desorientado por “la falta de esfuerzo en torno al trabajo y al estudio” de su hijos y se siente impotente porque no encuentra medios para conducirlos. Todo esto repercute, y de qué modo, en la escuela y más durante la Educación Secundaria.

Si el profesorado de base está de acuerdo con el planteamiento y objetivos de la ley es porque espera como agua de mayo que se den las circunstancias para poder desarrollar el trabajo escolar en un clima positivo. Ciertamente esto no es posible, hoy por hoy, si los directores y jefes de estudios no disponen de medios para favorecer lo que unos llaman convivencia y otros disciplina. Necesitan hacer sentir que la escuela es una célula  de la sociedad con unas reglas propias justamente para desarrollarse bien y para que repercuta en beneficio del resto.

En este sentido han sido muy bien recibidos los incentivos económicos y profesionales de las tutores. Está muy bien porque la tarea tutorial en estos tiempos se las trae. Pero en general, no sabemos si es consciente la Administración de que actualmente con menos alumnos el profesor trabaja más que antes. Igualmente, antes un profesor tenía que conocer los alumnos de cuatro grupos y ahora lo normal es tener  una media de seis grupos. 

 

Moral del profesor y consideración social

 La ley viene a aliviar el peso que sienten los profesores y a infundirles un poco de ánimo. Parece increíble que los profesores sean los primeros visitantes de los psiquiatras, pero es la triste realidad que señalan las estadísticas. Hablar, por tanto, de profesores quemados o anulados no es ninguna exageración, si acaban locos. Hasta hace poco esta profesión no sacaba a nadie de sus casillas.

No se puede mejorar la educación sin el profesorado. El profesor sigue siendo una pieza clave. Por eso es imprescindible rearmar moralmente al Profesorado. Ello supone: a) sanear su ámbito de trabajo y que el ambiente sea propicio para realizar su función académica. b) tener unos objetivos claros y saber en cada clase qué es lo que tienen que propiciar y qué nivel conseguir. c) que la autoridad o <auctoritas>, que se le supone, pueda hacerla valer, para no desmoronarse si llega el caso o para animarse y tomar confianza; lo que conlleva que esta autoridad se la reconoce la Administración y la sociedad (aunque el profesor sea consciente de que su figura no es hoy  la  de un líder social).

 El profesor necesita estar preparado para ejercer como profesor, para serlo y para  creérselo, para creer que su trabajo tiene un rendimiento social.

Los profesores tienen la esperanza de que la Ley propicie el que la sociedad confíe en ellos, el que las familias asuman su papel educativo en sus casas y que los padres se comporten como tales en su ámbito antes de   participar en los órganos colegiados de los centros. Así los profesores podrán cooperar con los padres en la educación y ejercer más profesionalmente su tarea de instrucción. Es su esperanza, vamos. Pero son conscientes de que hace falta un apoyo decidido del Gobierno central y de las Comunidades autónomas y están preocupados por si esto no llegara a suceder. Por eso, mejor sería que hubiera acuerdos en el trámite parlamentario. 

Itinerarios

  Los profesores están extrañados  de las reticencias de algunos teóricos respecto a los itinerarios. Y lo que entienden menos es lo de la separación o discriminación de que hablan. Cualquiera que dé clase ve que los atrasos o disfunciones cuanto antes se atajen mejor; que algunos problemas tienen difícil solución a determinadas edades y, sin embargo, cogidos a tiempo habrían sido fácilmente subsanables. Los padres también entienden lo de los tratamientos diferenciados; a poco que conozcan a su hijo y hayan pulsado su situación piden que se remedie cuanto antes y que se pongan los medios necesarios.  Aceptan el trato desigual para circunstancias desiguales sin hacer elucubraciones sobre que la igualdad de oportunidades consiste en que hay que posibilitar que cada uno reciba en cada momento lo que necesita

            No sabemos por qué algunos políticos y algunos especialistas se oponen. Cuando dicen que John Martín señala que no conviene separar tempranamente a los alumnos (titular de periódico), juegan al ratón y al gato ya que mutilan la oración completa. Una forma de armar camorra y tirar piedras sobre el tejado de la sociedad. El Presidente de la Comisión de Educación de la OCDE dice en realidad:    “Cuando hablo de evitar seleccionar a los estudiantes a edades tempranas me refiero hacia los 9 y 10 ó 11 años porque muchos países de la OCDE tienden a establecer itinerarios en los primeros ciclos y no parece muy conveniente. Es recomendable en Secundaria”.  Justo la edad en que aquí se proponen los itinerarios.

Igualmente, es curioso que siendo la diversidad, la diversificación y el tratamiento de la diversidad uno de los elementos enriquecedores  y benefactores que traía la LOGSE a la enseñanza monocorde, se nieguen recalcitrantemente a ponerla en práctica para beneficiar a la sociedad. ¿Qué cuidado de la polis es el estos políticos? Los propios padres de la LOGSE van ya por otros derroteros.

             Lo que sí es cierto es que las administraciones educativas no tienen que ahorrar profesores en la Enseñanza Primaria para poder dar todo lo que requiere el alumno en esa etapa. Si no se hace allí todos los atrasos se manifiestan en Secundaria, justo cuando la psicología del muchacho pasa por un periodo crítico. 

              Metodología variada

 La ley parece que quiere acabar con el monolitismo pedagógico y metodológico. Lo heterogéneo conlleva diversidad de enfoques y tratamientos. Son muchos los centros, variadas las circunstancias, distintos los profesores y los alumnos tienen sus marcas familiares y sociales. Se impone por tanto la flexibilidad y la adaptabilidad de los centros y de los profesores. La adaptación y la horma  son fundamentales para los buenos resultados; la talla única ya vemos los resultados que está dando en esta edad que es la más complicada. Cuanto menos dirigismo, mejor; si bien es cierto que tampoco se ha hecho uso de todas las posibilidades.  

Futuro

 La LOCE es un proyecto de futuro prometedor si deja bien asentados los principios fundamentales de una norma básica y deja las puertas abiertas a la iniciativa de los centros y de los profesores para poner en práctica aquellos principios y objetivos.

Para dar soluciones a lo que nos traiga el futuro, la receta es sencilla: conjugar tradición y renovación. Así se han conseguido todas las cosas serias a lo largo de la historia. Tal vez el hecho de que la LOGSE quisiera ofrecer todo ex novo produjo un corte tan fatal, manifestado en la fractura educativa que vivimos (gracias que el propio J. Prats lo ha reconocido; la pena es que ya tarde).

No es difícil pronosticar que el mañana diferirá del hoy lo mismo que éste del ayer y que influirá la aceleración. La historia y la experiencia personal nos enseña que hay unos elementos permanentes  que seguirán teniendo valor y virtud y que habrá otros elementos mudables cuya vigencia oscilará o cuya utilidad se desvanecerá.

En línea con ello, las funciones del profesor variarán y tendrá que gozar de recursos para adaptarse (los recursos vienen de una sólida formación inicial, actualizada por una formación permanente adecuada).  Pero que nunca deje de ser profesor, de enseñar y, en consecuencia, de educar sin que se le exijan nuevos roles para los que él no está preparado. Es decir, que no se le acumulen funciones que sobrepasan sus capacidades (aunque se lo pidan teóricos, políticos y sindicalistas –todos los que no están en clase-) para convertirse en psicólogo, padre putativo, amigo, confesor, perito en drogas y demás que experimentamos los que estamos en la brecha. 

En cuanto a la Administración, es necesario que practique la comunicación, que no caiga cautiva por grupos cerrados que exijan la total adhesión y practiquen la inhibición crítica, como ocurrió y sigue ocurriendo en torno a la LOGSE con puritanos a la violeta (salvo algunas honrosas excepciones recientemente manifestadas).

En consecuencia, se pide:

a) Que escuche las críticas

b) Que admita el disenso

c) Que sea multiperspectivista y recoja las sugerencias de todos los lados.  

 

Construir el consenso

 Es evidente que la situación actual de la Enseñanza Secundaria necesita una atención especial dado que sus resultados negativos coinciden con la etapa más conflictiva de la formación de la persona. La mejor forma de prevenir los desajustes en la ESO es que en la Enseñanza Primaria se pongan todos los medios y que los alumnos reciban una atención exquisita que se manifieste en unos fundamentos sólidos. Pero la realidad que se manifiesta, sobre todo en 3º y 4º de la ESO, es bien triste. La distancia enorme entre unos alumnos y otros tanto en conocimientos como, sobre todo, en actitudes es enorme y habrá que atender a cada uno según demanda su realidad (no según las teorías).

La LOGSE ofreció un tratamiento específico para determinados alumnos y posibilitó en la práctica la introducción del tratamiento de la diversidad y la diversificación curricular. En la aplicación de estos principios se ha visto que, por ejemplo, a la diversificación curricular que se practica sólo conviene que vayan los alumnos que van con retraso académico pero tienen voluntad de superación; que los objetores escolares no pueden ser incluidos en dicho programa; que la creación de terminadas “aulas” específicas para objetores e incluso delincuentes está dando buen resultado...Pues bien esta aplicación de la LOGSE se ha visto positiva por sus efectos sociales y se ha considerado que “la diversificación” podría y tendría que aplicarse de otras maneras porque ese es, tal vez, el hálito más profundo de dicha ley (y el que podría demostrar todas sus potencialidades). Pero nunca nadie con sentido común ha tildado de segregadora y clasista, antipedagógica y antisolidaria la práctica de la diversificación prevista en la LOGSE (aunque algunas prácticas, como las de Navarra, fueran vistas como ilegales por los fariseos de la ley ya que no se ajustaba a toda su letra).

Pues muy bien. Ahora  el P. P. en función de una demanda de  la sociedad, de una petición de la mayoría de los profesores ejercientes y en cumplimiento de un objetivo electoral quiere arreglar los problemas de aprendizaje de la Enseñanza Secundaria y ofrece la solución de los “itinerarios”. ¿No están lo itinerarios dentro del principio de diversificación? ¿Por qué a los itinerarios o vías diversificadas se les califica con esos adjetivos despectivos y vejatorios que no se han aplicado a los modelos de diversificación que se han hecho hasta ahora? ¿Por qué el PSOE que se declara tan sensible a los problemas sociales no trata  de llegar a un acuerdo con el P. P., aun perdiendo en alguno de sus presupuestos, para salvar a esos alumnos más débiles a causa de su atraso? Este desinterés, este no querer pactar en educación es desalentador para los profesionales de la enseñanza.

 Es curiosa esa retahíla de adjetivos que se aplica a la diversificación propuesta en los itinerarios; una enumeración arcaica, desfasada, jerga  de teóricos ya superada por los hechos.  Decimos “teóricos” porque la mayoría de los escritos que aparecen en contra de todo cambio vienen firmados por personas que investigan, asesoran u orientan (qué fácil) pero no dan clase de una asignatura concreta. 

Una cosa es predicar y otra dar trigo. Los profesores vemos cómo los adolescentes de 14 ó 15 años que no quieren estudiar se hunden, reciben martirio en ese “todos juntos y revueltos” yendo hacia adelante con el mismo temario y acaban abandonando. Cuando has visto su cara, sientes pena por ellos y dolor por sus padres. Las teorías y las ideologías no tienen corazón y no se conmueven, como mucho son corregidas o son retiradas (acaso muy tarde), pero no saben los hombres que dejan caídos en el camino. Los políticos, sin embargo, sí que podrían sentir compasión porque lo saben por los profesores (nos referimos a los que dan clase) y por los padres que son conscientes de los que ocurre (otros para su desgracia no se enteran o están engañados)  y porque lo conocen por las estadísticas.

Los partidos políticos podían demostrar que les importa algo la educación y dejarse de hacer posturitas, podían llegar a un acuerdo. Las palabras, los gestos, las muecas no arreglan la situación, se necesita tomar medidas; podrá discutirse sobre ellas, pero habrá que coincidir en alguna. Todavía hay tiempo.

 La posibilidad real de que todo se arregle está en el profesorado. Los profesores son los más cargados de razones para la esperanza y los más necesitados de ella. Ojalá no haya nadie que parezca que está encargado de matar toda esperanza.

 

Las razones de los profesores para apoyar la Ley de Calidad

(Publicado en el HOY, RIARIO REGIONAL DE EXTREMADURA el 28 de octubre de 2002)

  

 Despertar la curiosidad en los adolescentes, satisfacer su curiosidad, ayudarles a buscar las respuestas, disfrutar con ellos mientras hallaban las respuestas y se encontraban a sí mismos. Esto puede ser la educación y la enseñanza. Así lo pensamos, así lo soñamos y así lo hemos vivido, cuando se conjugaban complementariamente los verbos “entretener y enseñar”. Pero cambió la sociedad y cambiaron las actitudes, los niños ya no conjugaban los verbos y sólo practican los juegos, sólo quisieron entretenerse sin molestia alguna. Por ello, si aprender exigía trabajo y esfuerzo abandonaron tal operación; los profesores se quedaron sin oficio: no podían enseñar ya que no había quien aprendiera. En consecuencia que reconvirtieron a los profesores en mil y una actividades supletorias y concomitantes como animadores, consoladores, correctores....        Pero, en síntesis, que si no hay discípulos, mal puede haber maestros. Se hace necesario, por tanto, cambiar las leyes algo, aunque no sea mucho, para que tenga viabilidad la escuela donde se fragua el futuro de las personas y de los pueblos.

 Aquel equilibrio ecológico en la escuela, manifestado en la interacción entre profesores y alumnos, no se da hoy por hoy. El ayuntamiento entre profesores y alumnos es un deseo del rey Sabio, Alfonso X, y desgraciadamente no todos tienen la misma la voluntad de trabajar para mejorar y formarse ni pretenden los mismos objetivos. La mayor riqueza de una sociedad, el mejor patrimonio psicológico de la persona, es la determinación y la voluntad. Así de rotundamente lo afirma el psiquiatra Enrique Rojas. Creo que lo manifiesta sin pretender halagar a nadie. Y, también sin fastidiar, nos recuerda los componentes o manifestaciones de la voluntad: orden, constancia, motivación y alegría. Tampoco creo que el psiquiatra quiera atacar las bases psicológicas de ningún sistema educativo; sencillamente con su experiencia aporta unos principios que son pilares de cualquier sociedad y también de la célula de la sociedad que llamamos educación  o centro educativo. Es ni más ni menos, utilizando el cliché, la cultura del esfuerzo que se quiere volver a instaurar en la escuela (acaso a contracorriente de lo que ocurre en algunas familias  y  se practica en parte de la sociedad). Por ello, los profesores de un color político y de otro ven que tiene que cambiar el horizonte de su actividad que no puede ser el sentirse fracasados..

 Urge, por tanto, crear un escenario donde se pueda realizar cada curso esta carrera de la formación  en la que, según unas reglas, todo ciudadano corra, sude la camiseta y llegue a la meta en “su” tiempo, según sus cualidades y su denodado esfuerzo. Pero que tengan algún gozo por haber conseguido una meta gracias a su esfuerzo.  No son sólo los profesores sino los propios alumnos, los conscientes de su situación, reclaman hoy una ordenación académica, ajena al desmadre. Demandan un poco de seriedad, solicitan que en las pistas haya entrenamientos y ensayos relajados, pero también controles perfilados y pruebas homologadas. Quieren que haya un nivel digno que ellos intuyen en los libros y en los ordenadores pero que la inercia de la clase impide conseguir. Cuando llegan a bachillerato, ellos mismos se dan cuenta de que ya es un poco tarde para recuperar el tiempo perdido.

Por ello no queda más remedio que dar a cada uno lo suyo, lo que pide su capacidad y curiosidad, tener en cuenta su idiosincrasia. A eso vienen los “Itinerarios”, esa oferta diversificada a final de la Educación Obligatoria. Es el modelo más difundido en Europa y según John Martín está mejor que los alumnos se decidan a los 14 años, como van a hacer en España, que a los 12 como hacen en otro países. El adolescente está capacitado para decidir (algunos ya han aborrecido el sistema (objetores) y todos son conscientes de sus intereses y de sus fuerzas). Si el 72% de los profesores está de acuerdo con los itinerarios, según Marchesi padre de la ley que trata de corregirse para que mejore el funcionamiento de las escuelas e institutos, no se entiende a qué viene el alboroto montado por los que no quieren ver la realidad -¡pobre pueblo!- y por los que no tienen que formar a esos ciudadanos. En el actual estado de cosas, los más retrasados seguirán siendo los más perjudicados si no se proponen cimas que hayan que conseguir mediante un ascensión que exija decisión y coraje.

 El reflejo de la sociedad posmoderna en la escuela es evidente. Los entendidos  describen  a esa sociedad como un desierto de valores. Según Enrique Rojas, que conoce la realidad social por la realidad de las almas,  las claves de esos comportamientos y actitudes posmodernos son : “el hedonismo, el consumismo, la permisividad y el relativo. Un ser humano así es como una veleta”. La escuela es un poco rompeolas de los flujos y reflujos de esa marea social. Los profesores no pueden cambiar la sociedad ni es su misión. Los profesores solo piden que puedan desempeñar con dignidad su función profesional de enseñar primero y, si les dejan, educar; que en las aulas haya unas leyes y normas (ideario, proyecto educativo) que no sean miméticas de los usos sociales para que el alumno descubra otros mundos y otros comportamientos y pueda elegir; finalmente, que el alumno sepa que tiene que cumplir unas reglas, que la ciencia se alcanza y se consigue mediante el trabajo y que la autoformación conlleva dominio ya que sólo entonces la adecuación del profesor a la situación del alumno (tan exigida) tendrá sentido porque es provechosa. Si funcionara interiormente así la escuela, algo cambiaría en los comportamientos sociales arriba citados y, sobre todo, de otra forma se autoeducarían y serían educados los adolescentes, con permiso de los padres y de las familias.

 

Por fin, Cuerpo de Catedráticos de Instituto

Julián Martín Martínez, Presidente de la Asociación Nacional de Catedráticos de Instituto (ANCABA)

La aprobación de la Ley de Calidad trae la creación legal del Cuerpo de Catedráticos de Instituto, lo que supone un reconocimiento del profesorado  de Secundaria y un intento de dignificar a los profesionales de esa etapa crucial para la formación de los ciudadanos.La Ministra Pilar del Castillo y su Secretaria General, Isabel Couso, no han dudado en poner en circulación a los funcionarios Catedráticos que habían dado nivel, calidad y prestigio  a la Enseñanza Media y al Bachillerato español a lo largo de más de 150 años (con la excepción de los últimos doce años en que fueron eliminados por la ley anterior)

 Los miembros del Cuerpo de Catedráticos han sido tradicionalmente profesionales con un  elevado nivel de preparación y una notable autoexigencia. Formar parte del Cuerpo de Catedráticos supone una actitud activa y una decisión personal, en este sentido no puede ser cualquiera que no tenga esa iniciativa personal ni es algo que le venga dado o regalado. Es decir, que para que sea útil para el sistema educativo y para su mejora tiene que querer y estar dispuesto a demostrar su preparación científica y el conocimiento del medio. De esta manera, los catedráticos serán esa personas que tienen demostrado su saber y que, entre sus saberes, domina también el saber enseñar. Una Ley que pretende propiciar la calidad quiere comenzar por contar con profesionales que busquen la excelencia e intenten la mejora cualitativa del sistema educativo.

 Adiós a la figura decorativa

 La Ley de Calidad acaba con la figura decorativa que conllevaba la “condición de catedrático”; la ley instaura una figura eficiente, todo lo contrario a esa inoperancia y ausencia de tareas de la ley anterior. Ser catedrático no consiste en cobrar más sino en dar un rendimiento como gestor cualificado.

La Ley de Calidad exige al Catedrático unas funciones y le da competencias para actuar en el ámbito académico de su Instituto. Los catedráticos como jefes del Departamento didáctico son una figura administrativa esencial para la enseñanza ya que está pegada al terreno por su tarea y cuenta con una visión amplia por su preparación.

 Funciones que marca la Ley

En la función de director del Departamento tiene que adecuar los objetivos del Estado  y de la Comunidad Autónoma a las peculiaridades del Instituto donde trabaja, es por tanto un transmisor de los planes institucionales de enseñanza y al mismo tiempo un creador de aplicaciones específicas para los alumnos de su centro. Esta tarea conlleva la dinamización del grupo o de los componentes de su Departamento ya que todos juntos deben realizar una programación específica y poner en práctica. En definitiva, los catedráticos son los responsables ante la Administración y ante la sociedad  de una aplicación creativa en su propio centro de los planes de enseñanza.

Para  conseguir este fin, el Catedrático tiene que estar respaldado y apoyado por la Administración que le ha seleccionado con dos intenciones u objetivos:

1)      para cumplir las funciones que la propia Administración ha asignado a su trabajo en las leyes del Estado y de la Comunidad Autónoma: puntos sustantivos y contenidos fundamentales

2)      para imprimir su sello personal, para tener una actuación diferenciada, para resolver autónomamente los problemas didácticos que se presenten en su Instituto.

No es posible poner en funcionamiento planes de enseñanza sin contar con el enlace que suponen los Jefes de Departamento, como ha demostrado la experiencia.

Ilusión y dedicación

 Una misión y función, por tanto, estimulante y creativa en la que, junto al oír, tenga que elegir opciones, tomar decisiones, trabajar en equipo y llevar a cabo las propuestas que el Departamento (grupo humano) se  haya dado. Hay personas que no quieren ninguna de estas tareas que suponen tomar decisiones y tener que dar la cara. Se requieren, por tanto, Personas ajenas a la rutina. Estas actitudes y responsabilidades no encajan con el “cumplir porque toca”. El ejercicio de la Jefatura de Departamento no puede  enmarcarse en el “turno de oficio” o tiro porque me toca. En la Administración del Estado ninguna Jefatura de sección está supeditada al albur y no es de recibo que lo estén los Departamento didácticos.

El desempeño de la Jefatura de Departamento requiere:

Empeñar la dignidad personal

Empeñar la dignidad profesional.

Los catedráticos en el cumplimiento de su cargo tienen que rendir  como gestores  ya que son la pieza fundamental en la transmisión de los proyectos de Enseñanza y educación de la Administración. Pero necesitan, en consecuencia, dos actitudes complementarias por parte de la Administración : Confianza en su tarea y Exigencia de compromiso y resultados.

En definitiva, una tarea comprometida y atractiva que da sentido a la carrera docente al configurar con estas funciones la figura del Catedrático de Instituto. En palabras del editorial de Escuela Española: “Sí constituye un peldaño nuevo en esa carrera docente que tan poco estimulante resulta hoy por hoy para mucho docentes que trabajan en la enseñanza pública” “motivar al profesor que tenga deseos de promocionarse y acredite profesionalmente su valía después de una evaluación seria y rigurosa de su actividad docente” ( 2 de mayo de

 

Los  ya catedráticos ante la LOCE

 

 

 

“Siempre lo oí decir que es más difícil de sufrir la próspera fortuna que la adversa: que la una no tiene sosiego, y la otra no tiene consuelo”

(Acto onceno, Celestina a Calixto)

 

       La Ley de Calidad como cualquier otra no puede satisfacer todas las expectativas de personas o de grupos: intenta corregir fallos del sistema anterior de enseñanza y reajustar el funcionamiento de sus profesionales, pero tan cierto es que nunca satisfará en todo a algunos como que no gustará en nada a otros colectivos.  Alejados de maximalismos, habrá que sopesar los avances o mejoras.

 Todavía quedan y quedarán muchas cosas por hacer.

Pues en eso estamos una vez que la Ley ha sido aprobada en los términos que presenta. Ni los parámetros que ofrece son en todos los aspectos  los que deseábamos nosotros en cuanto Asociación (como es evidente) ni los que deseaba el legislador (como nos consta); son los posibles en términos políticos, echándole la generosidad o la ramplonería que uno quiera y la lucidez o la ceguera que cada uno advierta.

Por eso, todavía se pueden aportar sugerencias en determinados aspectos para mejorar lo que ofrece la Ley y acercarnos a lo que es nuestra demanda razonable.

 

Los catedráticos en la LOCE.

 

También los catedráticos anteriores a la LOGSE esperaban más para sentirse satisfechos personal y profesionalmente. Hay un motivo fundamental en su haber, una causa legal evidente cual es que la LOGSE les arrebatara sus derechos profesionales conseguidos en buena lid administrativa. Fueron perjudicados administrativamente por la LOGSE, los  más perjudicados (porque también lo fueron los agregados de Instituto) ya que su figura administrativa fue laminada por la Logse (hay que tener en cuenta que bastantes de ellos habían abandonado la Universidad y prefirieron el Instituto). Muchas vidas y muchos profesionales, que con tanto esfuerzo habían labrado su imagen, fueron arrojados sin más al fuego de los altos hornos para convertirlos en una magma amorfo. Por eso algunos esperaban que la ley los resucitara hora con todos sus atributos pretéritos. No es que no se lo merecieran, pero las leyes de la historia afortunadamente no son siempre pendulares sino que tienden a la coincidencia o al término medio, lo que quiere decir que unos van a salir más beneficiados y otros menos y que unos serán más perjudicados y otros menos.

Lo que sí es cierto es que si se crea legalmente el cuerpo de Catedráticos es porque legalmente alguien lo había hecho desaparecer, es decir, que el Cuerpo administrativo no existía legalmente. Ello no impedía que muchos catedráticos se sintieran realmente catedráticos en su interior, en su conciencia, en lo que ahora se llama autoestima. Pero legalmente sólo tenían la “condición de catedrático”, eran profesores de secundaria “con la condición”. Al reconocerles ahora (devolverles dirá alguien con razón íntima)  el rango de catedrático se les devuelve la dignidad y el honor (cursus honorum) arrebatado. Eso es lo fundamental: el reconocimiento oficial de lo que eran profesionalmente porque lo ganaron en buena lid. 

Algunos, no sin razón después de tantas humillaciones, esperaban que este reconocimiento legal o devolución se hiciera con banda de música y coche oficial, olvidando que el Cuerpo se instituye por razones objetivas para bien de la enseñanza y que en él se integran profesionales que llegaron a tener la condición de catedráticos por caminos muy diferentes y que la Administración no puede comenzar a hacer distingos que deterioren la nobleza del objetivo último. Habrá que reconocer lo fundamental y lo posible políticamente. Después cada uno valorará lo que le supone ser “catedrático”: sólo los necios, como dice el Quijote, confunden el valor y el precio de las cosas.

 

 

Adiós a la discriminación de los catedráticos andaluces y canarios.

 

No sé qué habrán hecho los pobres catedráticos de Andalucía que lo eran con anterioridad a la LOGSE. En toda España los catedráticos prelogse cobraban y cobran el complemento que la LOGSE les reconocía explícitamente en ....... En toda España, menos en Andalucía. ¿Por qué? ¿Tienen menos derecho esos catedráticos a que se les reconozcan los derechos económicos adquiridos en la forma que dice el citado artículo? ¡Qué cosas tiene la España de la Autonomías! ¿Por qué en esto estos ciudadanos van a ser menos que el resto de ciudadanos que están en esas circunstancias en todita, todita España? A todos se les reconoce y aplica el contenido del artículo menos a los andaluces; a estos el Estado les quitó la cátedra (como al resto de españoles) pero, además, su Comunidad les priva de los derechos económicos que marca la Ley del Estado (que en el resto de las Comunidades se aplica y cumple).

 Por fin, la LOCE no deja lugar a dudas sobre los derechos económicos de los catedráticos prelogse

La intención del legislador de reconocer estos derechos económicos adquiridos está bien clara, explícita y universal ya que está como apostilla para los tres cuerpos: de Enseñanza Secundaria, de Conservatorios de Música y de Danza.

 

 

Sobre la Ley de Calidad.

(Publicado en Escuela española, Nº 3578, 1.5.03)

    Despertar la curiosidad en los adolescentes, satisfacer su curiosidad, ayudarles a buscar las respuestas, disfrutar con ellos mientras hallaban las respuestas y se encontraban a si mismos. Esto puede ser la educación y la enseñanza. Así lo pensamos, así lo soñamos y así lo hemos vivido, cuando se conjugaba complementariamente los verbos «entretener y enseñar». Pero cambió la sociedad y cambiaron las actitudes, los niños ya no conjugaban los verbos y sólo practican los juegos, sólo quisieron entretenerse sin molestia alguna. Por ello, si aprender exigía trabajo y esfuerzo abandonaron tal operación; los profesores se quedaron sin oficio: no podían enseñar, ya que no había quiien aprendiera. En consecuencia: reconvirtieron a los profesores en mil y una actividades supletorias y concomitantes como animadores, consoladores, correctores... Pero, en síntesis, si no hay discípulos mal puede haber maestros. Se hace necesario, por tanto, cambiar las leyes algo, aunque no sea mucho, para que tenga viabilidad la escuela donde se fragua el futuro de las personas y de los pueblos.

 Aquel equilibrio ecológico en la escuela, manifestado en la interacción entre prorfesores y alumnos, no se da hoy. El ayuntamieento entre profesores y alumnos fue un deseo del rey Sabio, Alfonso X, y desgraciadamente no todos tienen la misma voluntad de trabajar para mejorrar y formarse ni pretenden los mismos objetivos. La mayor riqueza de una sociedad, el mejor patrimonio psicológico de la persona es la determinación y la voluntad. Así de rotundamente lo afirma el psiquiatra Enrique Rojas. Creo que lo manifiesta sin pretender halagar a nadie Y, también sin fastidiar, nos recuerda loscomponentes o manifestaciones de la voluntad: orden, constancia, motivación y alegría. Tampoco creo que el psiquiatra quiera atacar las bases psicológicas de ningún sistema educativo; sencillamente, con su experiencia aporta unos principios que son pilares de cualquier sociedad y también de la célula de la sociedad que llamamos educación o centro educativo. Es ni más ni menos, utilizando el cliché, la cultura del esfuerzo que se quiere volver a instaurar en la escuela (acaso a contracorriente de lo que ocurre en algunas familias y se practica en parte de la sociedad). Por ello los profesores de un color político y de otro ven que tienen que cambiar el horizonte de su actividad, que no puede ser el sentirse fracasados.

 Urgía,  por tanto, crear un escenario donde se pueda realizar cada curso esta carrera de la formación en la que, según unas reglas, todo ciudadano corra, sude la camiseta y llegue a la meta en «su» tiempo, según sus cualidades y su denodado esfuerzo. Pero que tengan algún gozo por haber conseguido una meta gracias a su esfuerzo. No son sólo los profesores, sino los propios alumnos, los conscientes de su situación, los que reclamaban una ordenación académica, ajena al desmadre. Demandan un poco de seriedad, solicitan que en las pistas haya entrenamientos y ensayos relajados, pero también controles perfilados y pruebas homologadas. Quieren que haya un nivel digno que ellos intuyen en los libros y en los ordenadores, pero que la inercia de la clase impide conseguir. Cuando llegan a Bachillerato ellos mismos se dan cuenta de que ya es un poco tarde para recuperar el tiempo.

 Por ello no queda más remedio que dar a cada uno lo suyo, lo que pide su capacidad y curiosidad, tener en cuenta su idiosincrasia.

 A eso vienen los «itinerarios», esa oferta diversificada al final de la educación obligatoria. Es el modelo más difundido en Europa y, según John Martin, está mejor que los alumnos se decidan a los 14 años, como van a hacer en España, que a los12, como hacen, en otros países. El adolescente está capacitado para decidir [algunos ya han aborrecido el sistema (objetores) y todos son conscientes de sus intereses y de sus fuerzas]

 Si el 72% de los profesores está de acuerdo con los itinerarios, según Marchesi, padre de la ley que se trataba de corregir para que mejore el funcionamiento de las escuelas e institutos, no se entiende a qué viene el alboroto montado por los que no quieren ver la realidad -¡pobre pueblo!- y por los que no tienen que formar a esos ciudadanos. En el actual estado de cosas los más retrasados seguirán siendo los más perjudicados si no se proponen cimas que hayan de conseguir mediante una ascensión que exija decisión y coraje.

 El reflejo de la sociedad posmoderna en la escuela es evidente. Los entendidos describen esa sociedad como un desierto de valores. Según Enrique Rojas, que conoce la realidad social por la realidad de las almas, las claves de esos comportamientos y actitudes posmodernos son: «el hedonismo, el consumismo, la permisividad y el relativismo. Un ser humano así es como una veleta». La escuela es un poco rompeolas de los flujos y reflujos de esa marea social. Los profesores no pueden cambiar la sociedad ni es su misión. Los profesores sólo piden poder desempeñar con dignidad su función profesional de enseñar primero y, si les dejan, educar; que en las aulas haya unas leyes y normas (ideario, proyecto educativo) que no sean miméticas de los usos sociales para que el alumno descubra otros mundos y otros comportamientos y pueda elegir; finalmente, que el alumno sepa que tiene que cumplir unas reglas, que la ciencia se alcanza y se consigue mediante el trabajo y que la autoformación conlleva dominio, ya que sólo entonces la adecuación del profesor a la situación del alumno (tan exigida) tendrá sentido porque es provechosa.

 Si  funcionara interiormente así la escuela, algo cambiaría en los comportamientos sociales antes citados y, sobre todo, de otra forma se autoeducarían y serían educados los adolescentes, con permiso de los padres y de las familias.

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